El duelo del deportista: cuando la cabeza quiere, pero el cuerpo ya no
- Marc Sansó Bauzà

- 12 ene
- 3 Min. de lectura
En consulta hay una frase que aparece con mucha frecuencia, aunque rara vez se formula así de directa:
“Mi cabeza quiere, pero mi cuerpo ya no.”
Suele aparecer después de una lesión, durante una recuperación larga o tras varias recaídas. El deportista sigue teniendo motivación, objetivos y ganas de entrenar, pero el cuerpo empieza a responder de forma diferente. Y ahí se abre un proceso que pocas veces se aborda de manera explícita: el duelo del deportista.
El duelo no implica retirada, implica cambio
Hablar de duelo no significa hablar de final. En muchos casos, las lesiones se recuperan. Se vuelve a entrenar, se vuelve a competir y, en ocasiones, incluso se mejora el rendimiento previo. Pero el duelo no tiene que ver solo con lo que el cuerpo puede o no puede hacer en un momento concreto.
Tiene que ver con la pérdida de una referencia: la confianza en que el cuerpo responderá igual que antes, la seguridad al exigir, la sensación de control. Y esa pérdida genera incertidumbre, incluso cuando la evolución física es buena.
Desde fuera, el deportista “está recuperándose”. Desde dentro, muchas veces aparece la duda:
¿Podré volver a exigir como antes?
¿Responderá el cuerpo si aprieto?
¿Y si tengo que cambiar la forma de entrenar?

Cuando la estrategia que funcionaba deja de hacerlo
El deporte refuerza aprendizajes muy concretos: constancia, disciplina, tolerancia al esfuerzo y, especialmente, insistencia. Durante años, insistir suele funcionar. Aguantar un poco más, empujar un poco más, no parar.
No porque sea algo innato, sino porque forma parte de la historia de aprendizaje de la mayoría de deportistas. En muchos contextos, insistir ha tenido consecuencias positivas: mejoras, resultados, reconocimiento.
El problema aparece cuando el contexto cambia. Cuando hay una lesión, un cuerpo más vulnerable o un historial de recaídas. En ese punto, aplicar la misma estrategia deja de ser eficaz. No porque el deportista “no quiera” o “no tenga cabeza”, sino porque el sistema ya no responde igual.
Y ahí aparece el conflicto: la cabeza mantiene la misma lógica, pero el cuerpo ya no.
Adaptarse es una habilidad, no una renuncia
Muchos deportistas interpretan la adaptación como una pérdida: bajar intensidad, ajustar cargas o escuchar más al cuerpo se vive como un paso atrás. Aparecen pensamientos del tipo:“Si paro, fallo.”“Si bajo el ritmo, pierdo nivel.”“Si escucho demasiado al cuerpo, me acomodo.”
Desde una perspectiva científica y conductual, adaptarse no es rendirse. Es ampliar el repertorio de respuesta. Es aprender a discriminar cuándo insistir sigue siendo útil y cuándo deja de serlo.
La adaptación no elimina la disciplina ni el compromiso. Los reorganiza. Permite mantener el rendimiento sin convertir el cuerpo en un enemigo al que hay que vencer constantemente. Y eso es clave en procesos de recuperación y prevención de recaídas.
Qué cambia cuando este proceso se acompaña
Cuando el duelo del deportista no se aborda, es habitual que aparezcan frustración persistente, miedo al movimiento, ansiedad anticipatoria o ciclos repetidos de lesión-recuperación-lesión. No necesariamente por un problema físico, sino por una relación desajustada con la exigencia.
Cuando este proceso se acompaña, el deportista aprende a reconstruir la relación con su cuerpo. No solo se recupera mejor, sino que entrena y compite desde un marco más flexible y sostenible.
No siempre se trata de volver a ser el de antes. Muchas veces se trata de ser otro deportista, con más recursos, mejor capacidad de ajuste y mayor conciencia de los propios límites.
Aceptar que el cuerpo pone límites no implica renunciar al rendimiento. En muchos casos, una lesión o una pausa obligada se convierten en un punto de inflexión: se ajustan expectativas, se desarrollan otras capacidades y, con el tiempo, se vuelve incluso mejor que antes. No en el mismo lugar ni de la misma manera, pero sí con una base más sólida.
El problema aparece cuando seguimos operando únicamente desde lo aprendido: insistir, apretar, aguantar. No porque sea lo “natural”, sino porque ha sido reforzado durante años. Y cuando el cuerpo dice basta, esa estrategia deja de ser una fortaleza para convertirse en una trampa.
Adaptarse no es rendirse. Es aprender a trabajar con el cuerpo en lugar de contra él. Y ese cambio, aunque poco épico, suele marcar la diferencia entre cronificar la frustración o construir una relación con el deporte mucho más sostenible.
Si este texto te incomoda, probablemente no sea casualidad. Quizá no habla solo del cuerpo, sino de cómo has aprendido a exigirte y a adaptarte cuando las condiciones cambian.
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