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Vísteme despacio, que tengo prisa: por qué la calma mejora el rendimiento cuando todo va más rápido

  • 3 ago
  • 22 min de lectura

Vísteme despacio, que tengo prisa: cómo las reglas que aprendemos pueden mejorar o perjudicar nuestro rendimiento bajo presión


El refrán que entendía el rendimiento antes que la psicología


"Vísteme despacio, que tengo prisa."


Es una frase curiosa.


Todos la hemos escuchado alguna vez.


Quizá de nuestros padres cuando éramos pequeños.


De nuestros abuelos antes de salir de casa.


O de algún entrenador justo antes de empezar una competición.


La repetimos con tanta frecuencia que ha terminado convirtiéndose en una expresión más de nuestro lenguaje.


Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente.


Durante mucho tiempo yo tampoco lo hice.


Pensaba que simplemente era una forma elegante de decir:


"Haz las cosas bien."


Sin embargo, cuanto más tiempo llevo trabajando con deportistas, entrenadores y personas que desarrollan su actividad bajo presión, más convencido estoy de que este refrán es mucho más que un consejo popular.


Es una descripción sorprendentemente precisa de cómo funciona nuestro comportamiento cuando el contexto cambia.


Y, curiosamente, también resume uno de los problemas que más observo en consulta y sobre el terreno.


No solo en deportistas.


También en estudiantes.


En opositores.


En empresarios.


En sanitarios.


En cualquier persona que deba rendir cuando las consecuencias de equivocarse parecen importantes.


Porque existe un momento en el que casi todos hacemos exactamente lo mismo.


Cuando sentimos que ya no queda tiempo.


Cuando creemos que no podemos fallar.


Cuando todo parece acelerarse.


Empezamos a comportarnos de una forma diferente.


Y normalmente no para mejor.


Diez segundos


Quedan diez segundos.


El marcador está empatado.


El entrenador grita desde la banda.


El público se levanta.


Tus compañeros aceleran.


El balón llega a tus pies.


Durante toda la semana has entrenado exactamente esa situación.


Sabes dónde está el compañero libre.


Has realizado ese pase cientos de veces.


Tu cuerpo sabe hacerlo.


Sin embargo, en ese instante ocurre algo.


No miras igual.


No esperas igual.


No decides igual.


Aceleras.


Das el pase antes de tiempo.


El balón acaba en los pies del rival.


El partido termina.


Mientras vuelves al vestuario aparece la frase de siempre.


"Había que tener más calma."


Y probablemente quien la dice tiene buena intención.


Pero esa explicación deja sin responder la pregunta más importante.


¿Qué ha cambiado realmente?


Porque cinco minutos antes eras exactamente el mismo jugador.


La técnica seguía siendo la misma.


La preparación física era la misma.


La inteligencia táctica seguía ahí.


Entonces...


¿Por qué has actuado de una forma completamente diferente?


La explicación que solemos aceptar


Cuando hablamos de rendimiento solemos recurrir siempre a las mismas explicaciones.


"La presión."


"Los nervios."


"La confianza."


"El bloqueo mental."


Son expresiones tan habituales que rara vez las cuestionamos.


Y, sin embargo, presentan un problema importante.


Nombran el fenómeno.


Pero no lo explican.


Decir que un jugador falla "por la presión" se parece mucho a decir que un coche no arranca "porque está averiado".


Puede ser cierto.


Pero todavía no sabemos qué pieza está fallando.


La psicología, cuando pretende ser una ciencia, necesita ir un paso más allá.


Necesita explicar qué variables están produciendo el comportamiento.


No basta con ponerle un nombre.


Hay que entender cómo funciona.


Cambiar la pregunta


En consulta suelo hacer una pregunta que muchas veces sorprende.


No pregunto:


"¿Qué estabas pensando?"


Ni siquiera:


"¿Cómo te sentías?"


La primera pregunta suele ser otra.


¿Qué estaba ocurriendo exactamente cuando cambió tu comportamiento?


Parece un pequeño matiz.


Pero cambia completamente la conversación.


Porque desplaza el foco desde la persona hacia la interacción entre la persona y el contexto.


Y eso tiene enormes implicaciones.


Desde una perspectiva conductual, el comportamiento nunca aparece aislado.


Siempre ocurre en un contexto.


Y ese contexto cambia constantemente.


No jugamos igual entrenando que compitiendo.


No hablamos igual con un amigo que en una entrevista de trabajo.


No respondemos igual cuando estamos solos que cuando sentimos que nos observan cientos de personas.


La conducta cambia.


Y una de las preguntas más interesantes consiste en descubrir por qué.


El contexto nunca es solo el escenario


Cuando hablamos de contexto solemos pensar en cosas muy visibles.


El estadio.


El público.


El marcador.


El rival.


Pero el contexto es mucho más que eso.


También forman parte del contexto las consecuencias que esperamos.


Las reglas que hemos aprendido.


Las experiencias anteriores.


Las instrucciones que recibimos.


Las personas presentes.


Las posibilidades de ganar.


Las posibilidades de perder.


Todo ello modifica la probabilidad de que emitamos una conducta u otra.


Por eso dos deportistas pueden vivir exactamente el mismo partido y comportarse de maneras completamente diferentes.


El contexto físico es idéntico.


El contexto funcional no.


Y esa diferencia es fundamental.


Una idea que aprendemos demasiado pronto


Desde que somos pequeños vivimos rodeados de reglas.


"No cruces la calle sin mirar."


"Lávate las manos antes de comer."


"Estudia antes del examen."


"No llegues tarde."


La inmensa mayoría de ellas resultan extraordinariamente útiles.


Gracias a ellas no necesitamos aprender absolutamente todo mediante ensayo y error.


Podemos beneficiarnos de la experiencia de otras personas.


Eso hace posible la cultura.


Y también hace posible el lenguaje.


Pero existe una característica de las reglas que pocas veces tenemos en cuenta.


No son la realidad.


Son descripciones de la realidad.


Y toda descripción simplifica.


Ninguna regla puede recoger todas las variables presentes en todos los contextos posibles.


Por eso una misma regla puede funcionar extraordinariamente bien en una situación y resultar completamente ineficaz en otra.


Sin embargo, muchas veces seguimos aplicándola.


No porque el contexto la siga haciendo útil.


Sino porque llevamos años aprendiendo que "esa es la forma correcta de actuar".


Los refranes también son reglas


Aquí aparece la idea central de este artículo.


Los refranes no son simples frases populares.


Son una forma de transmitir reglas de comportamiento de generación en generación.


Cada cultura está llena de ellas.


"Más vale prevenir que curar."


"Quien algo quiere, algo le cuesta."


"No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy."


Durante siglos estas expresiones han permitido transmitir formas de actuar sin necesidad de explicar toda la historia que había detrás.


Funcionaban como atajos.


Como guías rápidas para comportarse.


Desde una perspectiva conductual podríamos decir que constituyen reglas verbales: descripciones que especifican relaciones entre determinadas situaciones, determinadas conductas y sus posibles consecuencias.


No sustituyen a las contingencias del mundo.


Pero sí pueden influir profundamente en cómo nos relacionamos con ellas.


Y eso las convierte en herramientas extraordinariamente poderosas.


Aunque también peligrosas.


Porque una regla puede seguir controlando nuestro comportamiento incluso cuando el contexto ha cambiado por completo.


"Vísteme despacio, que tengo prisa"


Volvamos ahora al refrán.


Curiosamente, esta regla propone exactamente lo contrario de lo que solemos hacer.


Cuando aparece la urgencia...


No dice que corras.


No dice que aceleres.


No dice que termines cuanto antes.


Dice:


"Vísteme despacio."


¿Por qué?


Porque quien formuló esta regla había observado algo que hoy la psicología experimental lleva décadas estudiando.


Cuando una tarea requiere precisión, responder precipitadamente suele aumentar la probabilidad de cometer errores.


Y esos errores terminan costando mucho más tiempo del que aparentemente intentábamos ahorrar.


Lo fascinante es que este refrán no habla únicamente de vestirse.


Habla de cómo comportarse cuando la urgencia intenta hacerse con el control de nuestra conducta.


Y aquí aparece una pregunta todavía más interesante.


Si este refrán describe una regla que puede ayudarnos a rendir mejor...


¿Por qué tantas personas hacen exactamente lo contrario cuando llega el momento decisivo?


La respuesta no está en la fuerza de voluntad.


Ni en la personalidad.


Ni en la confianza.


Para comprenderlo necesitamos entender primero cómo aprendemos las reglas que gobiernan nuestro comportamiento y por qué, en ocasiones, seguimos obedeciéndolas incluso cuando dejan de funcionar.


Ese será el siguiente paso de este recorrido.


Porque quizá el mayor enemigo del rendimiento no sea la presión.


Quizá sea algo mucho más silencioso.


Las reglas que llevamos toda una vida aprendiendo y que nunca nos hemos detenido a cuestionar.

Las reglas que aprendiste hace años siguen compitiendo por controlar tu comportamiento

¿Cómo es posible que una frase que escuchaste con cinco años siga influyendo en la forma en la que compites veinte años después?

A primera vista parece una idea exagerada.


Vivimos miles de experiencias.


Conocemos a cientos de personas.


Aprendemos habilidades nuevas.


Cambiamos de trabajo.


Cambiamos de deporte.


Incluso cambiamos nuestra forma de entender el mundo.


Y, sin embargo, determinadas frases siguen apareciendo exactamente cuando el contexto se vuelve difícil.


"Date prisa."


"No falles."


"Hazlo bien."


"No te compliques."


"Ahora o nunca."


La mayoría de las veces ni siquiera somos conscientes de ello.


No porque esas frases "estén almacenadas en nuestra mente" esperando el momento adecuado.


Sino porque forman parte de una historia de aprendizaje que ha ido moldeando nuestra conducta durante años.


Y aquí aparece una de las mayores diferencias entre una explicación intuitiva del rendimiento y una explicación científica.


La pregunta deja de ser:

¿Qué estaba pensando el deportista?

Y pasa a ser:

¿Cómo aprendió a comportarse de esa manera y qué variables están controlando ahora ese comportamiento?

Ese cambio de pregunta transforma completamente nuestra forma de entender el rendimiento.


Aprender no consiste únicamente en adquirir habilidades


Cuando hablamos de aprendizaje solemos pensar en mejorar.


Aprender a conducir.


Aprender un idioma.


Aprender una técnica deportiva.


Pero aprendemos muchas más cosas.


Aprendemos cuándo hacer algo.


Con quién hacerlo.


Cuándo dejar de hacerlo.


Qué consecuencias esperar.


Qué merece la pena evitar.


En otras palabras, no aprendemos únicamente conductas.


Aprendemos relaciones entre el contexto, nuestra conducta y sus consecuencias.


Ese aprendizaje es extraordinariamente eficiente.


Si cada vez que quisiéramos cruzar una calle tuviéramos que descubrir desde cero que mirar antes reduce la probabilidad de sufrir un accidente, nuestra supervivencia sería mucho más complicada.


Por eso el ser humano desarrolló una herramienta excepcional.


El lenguaje.


Gracias al lenguaje podemos aprender sin necesidad de experimentar directamente todas las consecuencias posibles.


Podemos beneficiarnos de la experiencia de otras personas.


Y eso constituye una enorme ventaja evolutiva.


¿Por qué bajo presión actuamos de forma diferente? Descubre cómo las reglas que aprendemos pueden mejorar o perjudicar nuestro rendimiento desde la psicología científica.

El poder de las reglas


Imagina que alguien te dice:


"No toques esa sartén. Quema."


Probablemente retires la mano.


No necesitas quemarte para aprender.


La descripción verbal modifica inmediatamente tu comportamiento.


Esto es extraordinariamente útil.


Permite ahorrar tiempo.


Evita riesgos.


Facilita la cooperación.


Hace posible la educación.


Hace posible la cultura.


Pero esta enorme ventaja también tiene un precio.


A veces seguimos una regla incluso cuando la realidad ha cambiado.


Y ese fenómeno tiene enormes implicaciones para el rendimiento.


No seguimos reglas porque sean verdaderas


Este es uno de los errores más frecuentes al hablar de conducta gobernada por reglas.


Podría parecer que las personas seguimos reglas porque son correctas.


Pero el análisis de la conducta plantea una explicación diferente.


Seguimos determinadas reglas porque, a lo largo de nuestra historia de aprendizaje, seguir reglas ha tenido consecuencias valiosas.


Desde pequeños escuchamos constantemente:


"Haz caso."


"Escucha."


"Obedece."


"Así es como se hacen las cosas."


Cuando seguir esas instrucciones produce aprobación, éxito, seguridad o evita consecuencias desagradables, aumenta la probabilidad de que volvamos a comportarnos del mismo modo en el futuro.


No aprendemos únicamente la regla.


Aprendemos que seguir reglas suele funcionar.


Y eso hace que, con el tiempo, muchas reglas adquieran un enorme control sobre nuestra conducta.


Incluso cuando nadie nos las recuerda.


Incluso cuando el contexto ha cambiado.


El problema nunca es la regla


Llegados a este punto conviene hacer una aclaración importante.


Sería un error concluir que las reglas son perjudiciales.


Todo lo contrario.


Sin ellas sería prácticamente imposible desenvolvernos en la vida cotidiana.


No tendríamos que redescubrir constantemente cómo conducir.


Cómo cocinar.


Cómo realizar una técnica deportiva.


Cómo atender a un paciente.


Cómo intervenir en una emergencia.


Las reglas hacen posible una enorme parte de nuestro funcionamiento cotidiano.


El problema aparece cuando dejamos de contrastarlas con lo que realmente está ocurriendo.


Cuando la regla deja de ser una guía.


Y pasa a sustituir completamente el contacto con las contingencias del entorno.


Las contingencias siempre tienen la última palabra


En psicología conductual utilizamos constantemente una palabra que pocas veces aparece fuera del ámbito científico.


Contingencia.


Dicho de forma sencilla, una contingencia describe la relación entre una conducta y las consecuencias que produce en un determinado contexto.


Es decir, explica por qué un comportamiento aumenta, disminuye o se mantiene.


Las contingencias no son opiniones.


No son creencias.


Son relaciones funcionales entre lo que hacemos y lo que ocurre después.


Y aquí aparece una diferencia fundamental.


Las reglas describen cómo creemos que funcionan esas relaciones.


Las contingencias muestran cómo funcionan realmente.


Cuando ambas coinciden, las reglas resultan extraordinariamente útiles.


Cuando dejan de coincidir, comienzan los problemas.


Una misma regla puede dejar de funcionar


Imagina un niño que aprende muy pronto una regla sencilla.


"Cuando tengas prisa, corre."


En la mayoría de situaciones esa regla produce buenas consecuencias.


Llega antes.


Evita perder el autobús.


Consigue llegar puntual al colegio.


Sus padres incluso pueden reforzar ese comportamiento.


Con el paso del tiempo esa regla puede adquirir un enorme control sobre su conducta.


Pero veinte años después esa misma persona es cirujano.


Durante una intervención aparece una complicación inesperada.


Ahora existe prisa.


Existe presión.


Existe urgencia.


¿Sería funcional aplicar exactamente la misma regla?


Probablemente no.


En ese contexto, acelerar los movimientos podría aumentar enormemente el riesgo de cometer un error.


Lo interesante no es la regla.


Lo interesante es que el contexto ha cambiado.


Y, sin embargo, la historia de aprendizaje puede seguir empujando hacia el mismo patrón de comportamiento.


Lo mismo ocurre en el deporte


Un base de baloncesto pierde un balón en los últimos segundos.


Un portero juega demasiado rápido una salida.


Un golfista acelera toda su rutina pre-golpe.


Un tenista precipita el segundo servicio.


Un delantero dispara sin levantar la cabeza.


Después solemos escuchar explicaciones como:


"Se puso nervioso."


"Le pudo la presión."


"Le faltó confianza."


Sin embargo, esas explicaciones describen el resultado.


No explican el proceso.


Una explicación funcional obliga a hacerse otra pregunta.


¿Qué variables comenzaron a controlar la conducta en ese momento?


Y muchas veces encontramos una respuesta diferente.


No desapareció la técnica.


No desapareció el aprendizaje.


Lo que ocurrió fue que determinadas reglas adquirieron más fuerza que la información disponible en el propio juego.


La conducta dejó de estar guiada principalmente por las contingencias presentes y pasó a estar parcialmente gobernada por reglas previamente aprendidas.


Y ese cambio, aunque apenas sea visible desde fuera, puede modificar por completo el rendimiento.


Cuando las reglas dejan de escuchar al entorno


Aquí encontramos uno de los fenómenos más interesantes descritos por el análisis de la conducta.


Las reglas pueden llegar a controlar el comportamiento con tanta intensidad que la persona deja de ajustar su conducta a los cambios del contexto.


Es decir, continúa haciendo lo mismo aunque las consecuencias indiquen que ya no resulta eficaz.


En otras palabras.


La regla deja de ser una herramienta.


Y se convierte en un piloto automático.


Esto no significa que la persona sea incapaz de adaptarse.


Significa que la influencia histórica de determinadas reglas puede competir con la información que el entorno ofrece en ese mismo instante.


Y esa competición resulta especialmente intensa cuando aparecen situaciones de incertidumbre, evaluación o presión.


¿Por qué ocurre precisamente bajo presión?


Todavía no hemos respondido a la pregunta inicial.


¿Por qué estas reglas parecen hacerse más fuertes precisamente cuando el momento es importante?


Porque la presión modifica el contexto.


Y cuando cambia el contexto también cambia la probabilidad de que determinadas historias de aprendizaje entren en juego.


Cuando sentimos que las consecuencias de equivocarnos aumentan...


Nuestro comportamiento se vuelve más sensible a aquellas reglas que, en el pasado, parecieron ayudarnos a afrontar situaciones similares.


No significa que esas reglas sean objetivamente las mejores.


Significa que forman parte de nuestra historia.


Y la historia importa.


Mucho.


El refrán empieza a adquirir un nuevo significado


Ahora podemos volver al inicio del artículo.


"Vísteme despacio, que tengo prisa."


Ya no parece únicamente una frase ingeniosa.


Empieza a revelar algo mucho más profundo.


Es una regla verbal.


Pero, curiosamente, propone una estrategia distinta a la que muchas personas han aprendido para afrontar la urgencia.


Mientras otras reglas podrían favorecer respuestas precipitadas, esta invita a mantener el contacto con aquello que realmente exige la tarea.


No dice:


"Corre."


No dice:

"Termina cuanto antes."


Dice algo mucho más interesante.


Cuando la urgencia aparece, no permitas que sea ella quien controle tu comportamiento.


Y eso nos lleva a la siguiente pregunta.


¿Qué ocurre exactamente cuando el contexto cambia tanto que dejamos de responder al juego y empezamos a responder a la presión?


Para responderla tendremos que adentrarnos en uno de los conceptos más importantes de la psicología del aprendizaje y del rendimiento deportivo:


el control estimular.


Porque quizá el problema nunca fue la presión.


Quizá el verdadero cambio consiste en que, bajo presión, empezamos a responder a estímulos completamente diferentes de aquellos que controlaban nuestro comportamiento cuando mejor rendíamos.


Cuando la presión cambia aquello a lo que respondes

"No es que el deportista deje de saber jugar. Es que, durante unos segundos, deja de responder a las mismas cosas."

Hasta ahora hemos recorrido un camino importante.


Hemos visto que muchas de las reglas que guían nuestro comportamiento se aprenden a lo largo de la vida.


También hemos visto que esas reglas pueden resultar extraordinariamente útiles... hasta que el contexto cambia.


Pero todavía queda una pregunta sin responder.


¿Qué ocurre exactamente cuando aparece la presión?


Porque todos hemos vivido esa situación.


Sabemos hacer algo.


Lo hemos entrenado cientos de veces.


Y, sin embargo, en el momento decisivo actuamos de una forma completamente diferente.


No parece un problema de capacidad.


No parece un problema de conocimiento.


Entonces...


¿Qué ha cambiado?


La respuesta comienza con una idea que, aunque parezca sencilla, constituye uno de los pilares del análisis de la conducta.


Nuestro comportamiento siempre está bajo el control de algo.


La cuestión nunca es si existe control.


La cuestión es qué variables están controlando nuestra conducta en ese momento.


Y comprender esto cambia por completo la forma de entender el rendimiento.


El partido no cambia. Lo que cambia es aquello a lo que respondes.


Volvamos al ejemplo del inicio.


Quedan diez segundos.


El marcador está empatado.


Recibes el balón.


Si pudiéramos detener el tiempo justo antes de tocarlo y preguntar qué información está disponible, descubriríamos que prácticamente es la misma que durante el entrenamiento.


La posición del rival.


La distancia de los compañeros.


Los espacios libres.


La velocidad del balón.


La orientación corporal.


Toda esa información sigue ahí.


Sin embargo, también han aparecido otros estímulos.


El marcador.


El ruido del público.


El entrenador gritando.


El recuerdo del error cometido hace cinco minutos.


La posibilidad de ganar.


La posibilidad de perder.


Las consecuencias sociales del resultado.


La evaluación.


La urgencia.


Y aquí ocurre algo extraordinariamente interesante.


No toda la información tiene el mismo poder para controlar nuestro comportamiento.


El verdadero cambio ocurre antes del error


Cuando un entrenador analiza una jugada suele fijarse en el resultado.


"¿Por qué dio ese pase?"


"¿Por qué chutó desde ahí?"


"¿Por qué perdió el balón?"


Pero desde una perspectiva conductual, el error empieza mucho antes.


Empieza cuando cambia aquello a lo que el deportista está respondiendo.


Imagina dos situaciones prácticamente idénticas.


Entrenamiento


El jugador recibe el balón.


Levanta la cabeza.


Detecta un compañero desmarcado.


Realiza el pase.


Competición


Recibe el balón.


Piensa:


"No la pierdas."


Mira el marcador.


Escucha al entrenador.


Siente la presión del rival.


Golpea antes de haber recogido toda la información.


Desde fuera vemos dos pases diferentes.


Desde dentro ha ocurrido algo mucho más importante.


Ha cambiado el control estimular.


¿Qué significa realmente "control estimular"?


Aunque el nombre pueda parecer complejo, la idea es sorprendentemente sencilla.


Decimos que una conducta está bajo el control de un estímulo cuando la presencia de ese estímulo aumenta la probabilidad de que aparezca un determinado comportamiento.


Por ejemplo.


Un semáforo en rojo controla la conducta de detener el coche.


No porque obligue físicamente.


Sino porque, a lo largo de nuestra historia de aprendizaje, hemos aprendido qué consecuencias tiene responder de una forma u otra.


Lo mismo ocurre continuamente en el deporte.


El movimiento del rival controla un cambio de dirección.


La trayectoria del balón controla un salto.


El sonido del disparo controla la salida de un velocista.


Los estímulos relevantes son aquellos que, gracias al entrenamiento, han adquirido la capacidad de guiar nuestra conducta.


Y cuanto mejor entrenado está un deportista, más refinado suele ser ese control estimular.


Hasta que aparece la presión.


Cuando aparecen estímulos más llamativos


Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que la presión "bloquea".


En realidad, muchas veces hace algo diferente.


Introduce nuevos estímulos que compiten por controlar la conducta.


El problema no es únicamente el pensamiento:


"No falles."


El problema es que ese pensamiento puede empezar a ejercer más control que la posición del compañero libre.


El problema no es el público.


Es que el ruido del público puede desplazar la atención funcional hacia estímulos irrelevantes para la tarea.


El problema no es el marcador.


Es que el marcador puede adquirir más importancia que el propio desarrollo del juego.


En otras palabras.


La conducta deja de estar gobernada principalmente por las contingencias inmediatas del deporte.


Y empieza a estar parcialmente gobernada por reglas, recuerdos, expectativas o consecuencias futuras.


Ese pequeño cambio basta para alterar completamente el rendimiento.


No es una lucha entre "mente" y "cuerpo"


Aquí conviene desmontar otra idea muy extendida.


A menudo se dice que, bajo presión, "la mente juega malas pasadas".


Desde mi perspectiva de trabajo, esa explicación resulta poco útil.


No porque las personas no piensen.


Evidentemente pensamos.


El problema es utilizar ese tipo de expresiones como explicación del comportamiento.


Decir que "la mente bloqueó al deportista" equivale a cambiar un misterio por otro.


La pregunta sigue siendo la misma.


¿Qué variables estaban controlando su conducta?


Desde un análisis funcional, el interés no está en etiquetar procesos internos, sino en comprender las relaciones entre el contexto, la historia de aprendizaje y el comportamiento observable.


Eso permite intervenir.


Las etiquetas, por sí solas, no.


La ciencia lleva décadas observando este fenómeno


Aunque aquí lo estemos explicando desde el análisis de la conducta, otras áreas de la psicología experimental han descrito fenómenos muy similares.


Uno de los más conocidos es el speed–accuracy trade-off, descrito por Paul Fitts en 1954.


Fitts demostró que existe una relación sistemática entre velocidad y precisión.


Cuando una tarea exige exactitud, intentar responder demasiado rápido suele incrementar la probabilidad de cometer errores.


Esto no significa que la velocidad sea negativa.


Significa que existe un equilibrio.


Cuando las exigencias cambian, también debe cambiar la forma en la que respondemos.


Y eso conecta de manera sorprendente con el viejo refrán.


"Vísteme despacio, que tengo prisa."


No porque proponga actuar lentamente.


Sino porque recuerda que la urgencia no siempre debe controlar el comportamiento.


Cuando intentar hacerlo perfecto también empeora el rendimiento


Existe otro fenómeno ampliamente investigado.


Se conoce como choking under pressure.


Traducido de forma aproximada, sería algo así como "venirse abajo bajo presión".


Durante muchos años se explicó como un bloqueo psicológico.


Sin embargo, investigaciones de Roy Baumeister y posteriormente de Sian Beilock mostraron que el problema muchas veces aparece cuando la persona comienza a controlar conscientemente procesos que normalmente funcionan de forma automática.


El deportista empieza a intentar controlar cada detalle técnico.


Cada movimiento.


Cada gesto.


Paradójicamente, aquello que llevaba años haciendo con fluidez comienza a fragmentarse.


La conducta pierde naturalidad.


No porque haya desaparecido el aprendizaje.


Sino porque cambian las variables que la controlan.


Desde una perspectiva conductual podríamos decir que el deportista deja de responder prioritariamente a las contingencias presentes y pasa a responder con mayor intensidad a reglas verbales, autoinstrucciones o estímulos asociados a la evaluación.


Aunque el lenguaje utilizado sea diferente, el fenómeno descrito resulta extraordinariamente compatible con esta interpretación funcional.


La presión no crea conductas nuevas


Hay una idea que considero especialmente importante.


La presión no suele inventar comportamientos.


Lo más frecuente es que aumente la probabilidad de emitir respuestas que ya forman parte del repertorio del individuo.


Si un entrenador lleva años resolviendo constantemente los problemas de sus jugadores, es probable que, bajo presión, estos esperen instrucciones.


Si un deportista ha aprendido que cometer errores tiene consecuencias muy aversivas, es probable que aparezcan conductas de evitación.


Si alguien ha aprendido que la rapidez suele ser reforzada, la urgencia probablemente favorecerá respuestas precipitadas.


La presión no construye el comportamiento.


Hace más visible la historia de aprendizaje.


Y esto tiene una consecuencia extraordinariamente esperanzadora.


Si el comportamiento se aprende...


También puede entrenarse.


El alto rendimiento consiste en responder a lo importante


Cuando observamos a deportistas de máximo nivel solemos decir que "mantienen la calma".


Quizá exista una forma más precisa de describirlo.


Consiguen seguir respondiendo a los estímulos que realmente importan.


Mientras otros comienzan a responder al miedo, al público, al marcador o a las consecuencias futuras...


Ellos continúan ajustando su comportamiento a la información funcional del entorno.


No significa que no escuchen al público.


No significa que no sientan presión.


Significa que esos estímulos no desplazan completamente el control que ejercen las contingencias propias de la tarea.


Y probablemente esa sea una de las habilidades más complejas que puede desarrollar un deportista.


Entonces... ¿qué deberíamos entrenar?


Llegados a este punto, quizá la pregunta ya no sea:


¿Cómo eliminamos la presión?


Sino otra muy distinta.


¿Cómo entrenamos para que, incluso cuando aparezca la presión, nuestra conducta siga estando controlada por los estímulos relevantes de la tarea?


Ese cambio de enfoque transforma completamente la intervención psicológica.


Ya no se trata únicamente de reducir nervios.


Ni de aumentar la confianza.


Ni de repetir frases motivacionales.


Se trata de diseñar contextos de entrenamiento donde el deportista aprenda a responder, una y otra vez, a la información que realmente importa, incluso cuando aparecen estímulos que intentan desviar su comportamiento.


Y esa será precisamente la última parte de este artículo.


Porque comprender cómo funciona el comportamiento resulta fascinante.


Pero el verdadero objetivo de la psicología aplicada al rendimiento consiste en algo mucho más práctico.


Aprender a construir contextos donde rendir bien sea el comportamiento más probable.


Entrenar para que la urgencia deje de decidir por nosotros


"El objetivo del entrenamiento psicológico no consiste en eliminar la presión. Consiste en evitar que la presión decida cómo nos comportamos."


Llegados hasta aquí, quizá alguien espere una lista de técnicas.


Respirar de una determinada manera.


Contar hasta diez.


Repetir una frase motivadora.


Visualizar el éxito.


Buscar pensamientos positivos.


No hay nada necesariamente incorrecto en algunas de esas estrategias.


En determinados contextos pueden resultar útiles.


Pero existe un problema.


Si después de todo lo que hemos aprendido seguimos pensando que el entrenamiento psicológico consiste únicamente en aplicar técnicas cuando aparece la presión, probablemente no hayamos entendido la pregunta correcta.


Porque la verdadera cuestión nunca fue:


¿Qué hago cuando llegan los nervios?


La verdadera cuestión siempre ha sido otra.


¿Qué tipo de aprendizaje estoy construyendo cada vez que entreno?


Y esa diferencia cambia completamente la intervención.


El rendimiento no aparece el día de la competición


Existe una imagen muy extendida.


El deportista entrena durante la semana.


Llega la competición.


Y entonces aparece la psicología.


Como si el rendimiento mental comenzara justo antes del partido.


Desde una perspectiva conductual ocurre exactamente lo contrario.


El comportamiento que observamos el día de la competición es el resultado de miles de interacciones previas entre la persona y su entorno.


Cada entrenamiento enseña algo.


Aunque el entrenador no sea consciente de ello.


Cada ejercicio modifica la probabilidad de que determinadas conductas vuelvan a aparecer.


Cada consecuencia fortalece unas respuestas y debilita otras.


Cada comentario termina formando parte de la historia de aprendizaje del deportista.


Por eso la competición no crea el comportamiento.


Simplemente lo pone a prueba.


También entrenamos aquello que no queremos enseñar


Este es uno de los aspectos que más me preocupa cuando trabajo con entrenadores.


Muchas veces diseñamos tareas pensando únicamente en el aspecto técnico o táctico.


Pero toda tarea enseña mucho más que eso.


Si cada error recibe inmediatamente una corrección, quizá también estemos enseñando que equivocarse es algo que debe evitarse rápidamente.


Si el entrenador resuelve constantemente todos los problemas, quizá esté enseñando que las soluciones siempre vienen desde fuera.


Si únicamente reforzamos el resultado y nunca el proceso, probablemente el deportista aprenderá que ganar importa más que comportarse eficazmente.


Si castigamos cada intento arriesgado, quizá estemos reduciendo precisamente aquellas conductas que más necesitamos cuando el partido se complica.


Las contingencias siempre enseñan.


Incluso cuando nadie pretende enseñar.


Y esa idea tiene enormes implicaciones para el rendimiento.


La mejor intervención psicológica quizá no ocurra en la consulta


Durante años la psicología del deporte ha asociado gran parte de su trabajo a conversaciones individuales.


Y esas conversaciones pueden resultar muy valiosas.


Pero existe una pregunta que considero todavía más importante.


¿Cómo estamos organizando el contexto donde ese deportista aprende cada día?


Porque el comportamiento cambia cuando cambian las contingencias.


Si queremos que un jugador mantenga la precisión bajo presión, probablemente necesite entrenar en contextos donde la precisión siga produciendo consecuencias valiosas incluso cuando aparezca la urgencia.


No basta con explicarlo.


Debe experimentarlo.


Una y otra vez.


Hasta que el propio entorno enseñe aquello que queremos que ocurra durante la competición.


No entrenamos personas diferentes


Hay una idea que me gustaría desterrar.


Con frecuencia escuchamos frases como:


"Hay que cambiar la mentalidad."


"Tiene que hacerse más fuerte."


"Debe aprender a controlar su cabeza."


Desde mi perspectiva, esas expresiones suelen desplazar el foco hacia características internas del deportista.


Yo prefiero formular otra pregunta.


¿Qué condiciones necesitamos construir para que el comportamiento que buscamos sea el más probable?


No pretendemos fabricar personas distintas.


Pretendemos construir historias de aprendizaje diferentes.


Porque cuando cambia la historia de aprendizaje, cambia la probabilidad de comportarse de una manera u otra.


Y eso resulta mucho más útil que atribuir el rendimiento a cualidades personales difíciles de definir.


Entrenar el contacto con las contingencias


A lo largo del artículo hemos hablado mucho de reglas.


Y sería fácil concluir que el objetivo consiste en eliminar las reglas.


No es así.


Las reglas seguirán formando parte de nuestra vida.


Lo importante es que no sustituyan completamente al contacto con las contingencias.


En otras palabras.


Que el deportista continúe respondiendo a lo que realmente ocurre delante de él.


No únicamente a lo que una regla le dice que debería ocurrir.


Cuando un base levanta la cabeza porque el juego le ofrece una línea de pase, está respondiendo a una contingencia presente.


Cuando un portero modifica su decisión porque el delantero ha cambiado la carrera, está respondiendo a una contingencia presente.


Cuando un golfista mantiene su rutina aunque el torneo esté en juego, está permitiendo que la tarea siga controlando su conducta.


Eso es precisamente lo que buscamos entrenar.


No la ausencia de pensamientos.


No la ausencia de emociones.


Sino el mantenimiento del contacto con aquello que realmente importa.


La presión nunca desaparecerá


Quizá esta sea una de las noticias menos agradables para cualquier deportista.


La presión no desaparece.


Siempre existirán partidos importantes.


Finales.


Ascensos.


Descensos.


Selecciones.


Exámenes.


Entrevistas.


Operaciones complicadas.


Decisiones difíciles.


Esperar un contexto sin presión significa esperar un contexto que probablemente nunca llegará.


Por eso el objetivo no puede ser eliminar la presión.


El objetivo consiste en aprender a comportarnos eficazmente cuando aparece.


Y eso cambia completamente la forma de entrenar.


Entonces... ¿qué significa realmente entrenar el rendimiento?


Después de todo este recorrido creo que podemos responder a la pregunta inicial.


Entrenar el rendimiento no consiste en aprender a relajarse.


No consiste únicamente en aumentar la confianza.


Ni en controlar los pensamientos.


Entrenar el rendimiento consiste en construir una historia de aprendizaje donde, incluso bajo presión, la conducta continúe estando gobernada principalmente por las contingencias relevantes de la tarea.


Eso implica diseñar entrenamientos donde aparezcan errores.


Incertidumbre.


Tiempo limitado.


Consecuencias.


Variabilidad.


Y, aun así, el deportista aprenda a seguir respondiendo al juego.


Porque la competición no debería ser el primer lugar donde aparezca la presión.


La presión también puede entrenarse.


Volvamos al principio


Comenzamos este artículo hablando de un viejo refrán.


"Vísteme despacio, que tengo prisa."


Durante generaciones se ha interpretado como una invitación a hacer las cosas con cuidado.


Hoy quizá podamos entenderlo de otra manera.


No habla de ropa.


No habla de lentitud.


Habla de comportamiento.


Habla de la extraordinaria capacidad que tiene la urgencia para intentar hacerse con el control de nuestras acciones.


Y, al mismo tiempo, nos recuerda algo que la psicología del aprendizaje lleva décadas demostrando.


No siempre responde mejor quien actúa más deprisa.


Responde mejor quien consigue seguir comportándose de acuerdo con las contingencias relevantes cuando todo alrededor invita a hacer exactamente lo contrario.


Quizá por eso el refrán ha sobrevivido durante siglos.


No porque fuera una curiosidad popular.


Sino porque describía una regularidad del comportamiento humano mucho antes de que existieran los laboratorios de psicología.


Reflexión final


La próxima vez que escuches a un entrenador decir:


"No tengas prisa."


O a un padre repetir:


"Vísteme despacio, que tengo prisa."



Tal vez merezca la pena detenerse un instante.


No para buscar una técnica.


Ni para intentar dejar de sentir presión.


Sino para hacerse una pregunta mucho más útil.


¿Qué está controlando mi comportamiento en este momento?


Porque esa pregunta cambia completamente la forma de entender el rendimiento.


Y también cambia la forma de entrenarlo.


Quizá el mayor error que cometemos cuando hablamos de presión sea pensar que el problema está dentro de la persona.


La evidencia científica y el análisis de la conducta nos invitan a mirar en otra dirección.


Hacia la interacción entre la historia de aprendizaje, las reglas que hemos adquirido, el contexto en el que actuamos y las consecuencias que siguen moldeando nuestro comportamiento.


No somos marionetas de nuestros pensamientos.


Ni esclavos de nuestras emociones.


Somos organismos que aprendemos continuamente de las relaciones entre lo que hacemos y lo que ocurre después.


Y precisamente por eso existe una buena noticia.


Si el comportamiento puede aprenderse...


También puede entrenarse.


No para convertirnos en alguien diferente.


Sino para aumentar la probabilidad de que, cuando llegue el momento decisivo, volvamos a responder a aquello que realmente importa.


Quizá esa sea la mejor definición de alto rendimiento que conozco.


No dejar que la urgencia decida por nosotros.


Conclusión


Este viejo refrán ha sobrevivido durante siglos porque describe una verdad sorprendentemente vigente: cuando el contexto se vuelve urgente, nuestra tendencia es acelerar. Sin embargo, desde la psicología del aprendizaje sabemos que el problema no suele ser la velocidad en sí misma, sino permitir que determinadas reglas verbales, adquiridas a lo largo de nuestra historia, sustituyan al contacto con las contingencias presentes.


El rendimiento bajo presión no depende únicamente de la capacidad, del esfuerzo o de la motivación. Depende, en gran medida, de qué estímulos están controlando nuestra conducta en cada momento. Por eso, entrenar psicológicamente no consiste en eliminar pensamientos, reducir emociones o perseguir un estado ideal de calma. Consiste en construir contextos donde el comportamiento eficaz siga siendo el más probable, incluso cuando la presión aumenta.


En definitiva, "Vísteme despacio, que tengo prisa" deja de ser un simple refrán para convertirse en una lección sobre aprendizaje, adaptación y rendimiento. Una invitación a recordar que la verdadera ventaja competitiva no está en correr más que los demás, sino en seguir respondiendo a lo importante cuando todo parece empujarnos en otra dirección.


Referencias bibliográficas


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