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El cerebro cambia porque aprendemos: por qué los cambios cerebrales no explican por sí solos nuestra conducta

  • hace 3 horas
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¿Y si muchas veces estamos confundiendo una consecuencia del aprendizaje con su explicación?

Hablar de psicología se ha convertido, en muchas ocasiones, en hablar del cerebro.

«Esta conducta se debe a una alteración en esta zona cerebral».

«La ansiedad aparece porque determinadas áreas del cerebro se activan».

«La motivación depende de determinados neurotransmisores».

«El entrenamiento modifica el cerebro y por eso mejora el rendimiento».

Estas afirmaciones pueden parecer científicas porque utilizan lenguaje neurobiológico.

Pero hay una pregunta fundamental que deberíamos hacernos:

¿Que encontremos un cambio en el cerebro significa que hemos explicado por qué una persona se comporta de una determinada manera?

Desde una perspectiva conductual, la respuesta es: no necesariamente.

Y esta distinción es especialmente importante cuando hablamos de aprendizaje, psicología deportiva y rendimiento.

El cerebro cambia. Eso no está en discusión.

El cerebro no es una estructura estática.

La experiencia, el aprendizaje, el entrenamiento y diferentes condiciones ambientales pueden producir cambios en su estructura y funcionamiento.

Esto es lo que conocemos como plasticidad cerebral o neuroplasticidad.

La evidencia acumulada durante décadas muestra que la experiencia puede producir modificaciones en diferentes niveles del sistema nervioso. Revisiones sobre plasticidad dependiente de la experiencia han documentado cambios asociados al aprendizaje y a la exposición a nuevas demandas ambientales.

Por tanto, no tendría sentido afirmar que «el cerebro no cambia».

Cambia.

La cuestión es otra:

¿Qué papel explicativo tiene ese cambio?

Correlación no significa explicación causal

Imaginemos que observamos que un deportista que ha entrenado durante años presenta determinadas diferencias cerebrales respecto a una persona que no ha realizado ese entrenamiento.

Podríamos concluir:

«Su cerebro es diferente y por eso se comporta de esa manera».

Pero existe otra posibilidad:

«Se ha comportado de esa manera durante años y, como consecuencia de esa historia de aprendizaje y experiencia, su cerebro también ha cambiado».

Y también pueden existir relaciones bidireccionales.

Este punto es fundamental.

Cuando encontramos una diferencia cerebral asociada a una conducta, existen varias posibilidades:

  • la diferencia cerebral contribuye a producir la conducta;

  • la conducta y la experiencia producen cambios cerebrales;

  • ambas variables se influyen mutuamente;

  • una tercera variable influye sobre ambas.

Por eso, una imagen cerebral no constituye automáticamente una explicación psicológica.

Un ejemplo clásico: los taxistas de Londres

Uno de los estudios más conocidos sobre plasticidad cerebral es el realizado por Maguire y colaboradores con taxistas londinenses.

Los investigadores compararon mediante resonancia magnética a taxistas de Londres con personas que no ejercían esa profesión.

Los taxistas presentaban diferencias en el volumen de determinadas regiones del hipocampo, especialmente en la zona posterior, y estas diferencias estaban relacionadas con la cantidad de tiempo que habían ejercido como taxistas.

La interpretación resulta interesante:

Los taxistas deben aprender y utilizar una enorme cantidad de información espacial para desenvolverse por Londres. Su profesión implica años de navegación y exposición a determinadas demandas ambientales.

Por tanto, una posibilidad razonable es:

experiencia → aprendizaje → cambios conductuales → cambios cerebrales asociados

Pero existe otra posibilidad:

diferencias cerebrales previas → mayor facilidad para la navegación → mayor probabilidad de convertirse en taxista

El propio trabajo de Maguire y colaboradores discutió esta segunda posibilidad.

Esto demuestra algo importante:

Encontrar una diferencia cerebral no nos dice automáticamente qué ocurrió primero.

Entonces, ¿qué aporta la perspectiva conductual?

La psicología conductual parte de una pregunta diferente.

En lugar de comenzar preguntando:

«¿Qué está pasando en su cerebro?»

podemos comenzar preguntando:

«¿Qué está haciendo la persona y bajo qué condiciones está ocurriendo esa conducta?»

Esto implica analizar las relaciones entre:

antecedentes → conducta → consecuencias

y considerar también la historia de aprendizaje de la persona.

No significa ignorar el organismo.

Significa que el cerebro no tiene que convertirse en una explicación sustitutiva de la conducta.

La conducta puede estudiarse en su propio nivel de análisis.

El análisis de conducta considera precisamente la conducta como objeto de estudio y no simplemente como un indicador de acontecimientos internos hipotéticos.

Pensemos en un deportista

Imagina un jugador que durante los entrenamientos toma decisiones con rapidez.

En competición, sin embargo, empieza a buscar constantemente la aprobación del entrenador.

Podríamos decir:

«Tiene una alteración en los circuitos relacionados con la toma de decisiones bajo presión».

Pero esa afirmación todavía no nos explica demasiado.

Desde una perspectiva funcional podemos preguntar:

¿Qué ocurre justo antes de que busque ayuda?

Quizá aparece una situación incierta.

¿Qué hace?

Mira al entrenador y pregunta qué debe hacer.

¿Qué ocurre después?

El entrenador responde inmediatamente.

Y el deportista obtiene una reducción de la incertidumbre.

Si esta secuencia se repite suficientemente:

incertidumbre → pregunta → respuesta del entrenador → alivio/información

la conducta de preguntar puede fortalecerse.

No necesitamos suponer que el deportista «tiene un cerebro dependiente del entrenador» para empezar a explicar la conducta.

Podemos analizar cómo se ha construido esa conducta a través de la interacción con el ambiente.

Y, por supuesto, ese aprendizaje también tendrá correlatos neurobiológicos.

Pero decir que existen correlatos cerebrales no sustituye al análisis funcional.

¿Y qué ocurre con la ansiedad?

Aquí aparece una confusión especialmente frecuente.

Podemos observar cambios fisiológicos y cerebrales cuando una persona experimenta ansiedad.

Pero decir:

«Tiene ansiedad porque su cerebro está activado»

es circular si no explicamos por qué determinadas situaciones producen esa respuesta.

Desde una perspectiva conductual, podemos analizar cómo determinadas condiciones llegan a adquirir funciones aversivas y cómo determinadas respuestas se relacionan con sus consecuencias.

Por ejemplo:

competición → posibilidad de error → crítica del entrenador → aumento de conductas de evitación

Con el tiempo, determinadas situaciones competitivas pueden adquirir funciones que hacen más probable la aparición de respuestas de ansiedad, escape o evitación.

El cambio fisiológico y cerebral puede formar parte de esa respuesta.

Pero no necesitamos convertirlo en la causa última de toda la conducta.

El cerebro también aprende

Aquí está una de las ideas más interesantes.

Cuando decimos:

«La persona ha aprendido»

no estamos diciendo que el aprendizaje ocurra fuera del organismo.

El organismo cambia.

El sistema nervioso cambia.

La conducta cambia.

Las capacidades del individuo cambian.

Pero desde la psicología conductual podemos afirmar que la conducta se modifica a través de la interacción histórica entre el organismo y su ambiente.

Por eso resulta más útil hablar de:

organismo + ambiente + historia de aprendizaje + conducta

que reducir la explicación a:

cerebro → conducta

El problema del «cerebro como explicación»

El lenguaje neurocientífico puede producir una sensación de explicación aunque todavía no hayamos explicado funcionalmente una conducta.

Por ejemplo:

«Esta persona procrastina porque tiene menos activación en determinada región cerebral».

La siguiente pregunta debería ser:

¿Por qué esa activación está relacionada con esa conducta?

Y después:

¿Qué variables ambientales están haciendo que procrastinar sea una conducta probable?

Quizá la tarea sea aversiva.

Quizá la persona ha aprendido que posponerla reduce temporalmente el malestar.

Quizá recibe estimulación más inmediata realizando otras actividades.

Quizá ha desarrollado una historia de evitación ante determinadas demandas.

En ese caso, podemos analizar contingencias.

Y ese análisis permite intervenir directamente sobre ellas.

Lo mismo ocurre con el rendimiento deportivo

Un deportista puede mejorar su rendimiento después de miles de horas de práctica.

Es posible que ese aprendizaje vaya acompañado de modificaciones funcionales y estructurales en el sistema nervioso.

La investigación sobre entrenamiento y plasticidad cerebral encuentra precisamente este tipo de asociaciones.

Pero existe una diferencia importante entre decir:

«El entrenamiento cambia el cerebro».

y decir:

«El cerebro ha cambiado, por tanto sabemos por qué el deportista ha mejorado».

La segunda afirmación requiere mucha más evidencia.

De hecho, la investigación sobre entrenamiento cognitivo muestra que las mejoras suelen ser más fuertes en tareas entrenadas o próximas a ellas que en capacidades completamente diferentes, lo que pone de manifiesto la importancia de analizar qué se entrena y bajo qué condiciones.


Descubre desde una perspectiva conductual qué relación existe entre cerebro, aprendizaje y conducta y por qué un cambio cerebral no explica por sí solo nuestro comportamiento.


Entonces, ¿el cerebro no causa la conducta?

No sería correcto plantearlo de forma tan simple.

El cerebro es parte del organismo y existen alteraciones neurológicas que pueden modificar profundamente la conducta.

Por tanto, no se trata de sustituir un reduccionismo cerebral por un reduccionismo conductual.

La cuestión es determinar qué nivel de análisis resulta adecuado para responder a la pregunta que estamos haciendo.

Si queremos explicar por qué una persona ha aprendido a realizar una determinada conducta, necesitamos estudiar su historia de aprendizaje y las condiciones ambientales en las que esa conducta se ha desarrollado y mantenido.

Si queremos estudiar los mecanismos neurobiológicos implicados, podemos estudiar el cerebro.

Ambas investigaciones pueden ser legítimas.

Pero una no sustituye automáticamente a la otra.

Una diferencia fundamental

Podemos resumirlo así:

Neurociencia:

¿Qué cambios en el sistema nervioso acompañan a este aprendizaje o conducta?

Análisis de conducta:

¿Qué variables están haciendo que esta conducta aparezca, cambie o se mantenga?

Son preguntas diferentes.

Y confundirlas puede llevarnos a explicaciones aparentemente sofisticadas pero poco útiles para intervenir.

El cerebro cambia porque hacemos cosas

Quizá una de las formas más sencillas de entenderlo sea esta:

Aprendemos a montar en bicicleta.

Practicamos.

Nos equivocamos.

Recibimos consecuencias.

Ajustamos nuestra conducta.

Volvemos a intentarlo.

Con el tiempo, nuestra forma de comportarnos cambia.

Y ese aprendizaje también implica cambios en nuestro organismo.

Por tanto, podemos encontrar cambios cerebrales.

Pero si queremos entender por qué aprendimos a montar en bicicleta, mirar exclusivamente una resonancia magnética no nos contará toda la historia.

Tenemos que mirar también:

qué hicimos,

en qué condiciones,

qué consecuencias recibimos,

qué oportunidades de práctica tuvimos

y cómo fue cambiando nuestra conducta.

Una última idea para la psicología deportiva

Cuando un deportista cambia su conducta, no necesitamos empezar buscando qué ha cambiado en su cerebro.

Podemos empezar preguntándonos:

¿Qué está haciendo ahora que antes no hacía?

¿Qué condiciones han cambiado?

¿Qué consecuencias están manteniendo esa conducta?

¿Qué ha aprendido a hacer en determinadas situaciones?

¿Qué estamos reforzando durante el entrenamiento?

Y, posteriormente, podemos estudiar qué cambios fisiológicos o neurobiológicos acompañan a ese proceso.

Porque explicar la conducta no consiste simplemente en localizarla en el cerebro.

Consiste en comprender las condiciones bajo las cuales esa conducta se aprende, aparece y se mantiene.

Conclusión

La neuroplasticidad es real.

El cerebro cambia con la experiencia.

El aprendizaje produce cambios en el organismo.

Pero encontrar un cambio cerebral no significa haber encontrado automáticamente la explicación de una conducta.

Desde una perspectiva conductual, la pregunta fundamental continúa siendo:

¿Qué relación existe entre lo que hace la persona y las condiciones en las que lo hace?

El cerebro forma parte de esa historia.

Pero la historia no empieza ni termina en el cerebro.

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