top of page

El entrenamiento también puede enseñar a competir mal

  • hace 1 día
  • 10 min de lectura

Cuando lo que entrenamos no se parece a lo que después exigimos en competición

Un deportista entrena durante meses una determinada conducta.

La repite.

La corrige.

La perfecciona.

En los entrenamientos parece que la tiene completamente adquirida.

Pero llega la competición.

Y desaparece.

El jugador deja de comunicarse.

El tenista vuelve a su patrón habitual.

El futbolista tarda demasiado en decidir.

El atleta no ejecuta lo que había entrenado.

El deportista busca constantemente al entrenador.

Y entonces aparece una explicación muy habitual:

«En los entrenamientos lo hace, pero cuando llega la competición no.»

Pero quizá la pregunta no debería ser únicamente:

«¿Por qué no lo hace en competición?»

Quizá deberíamos empezar mucho antes:

¿Qué hemos estado entrenando realmente?

Porque el entrenamiento no solo enseña qué hacer.

También enseña cuándo hacerlo, ante qué señales, bajo qué condiciones y con qué consecuencias.

Y si esas condiciones son radicalmente diferentes de las que aparecerán en competición, podemos encontrarnos con un problema de transferencia.

Entrenar una conducta no significa necesariamente aprender a utilizarla

Esta distinción es fundamental.

Podemos observar que un deportista ejecuta correctamente una conducta durante el entrenamiento y asumir que la ha aprendido.

Pero rendimiento durante la práctica y aprendizaje no son exactamente lo mismo.

Una conducta puede aparecer bajo unas condiciones concretas y no generalizarse a otras.

Por ejemplo:

Un entrenador trabaja durante semanas la toma de decisiones.

El ejercicio está perfectamente organizado.

El deportista conoce el objetivo.

La tarea se repite.

El entrenador proporciona feedback inmediatamente.

Los errores se corrigen.

Y el deportista mejora.

Pero llega el partido.

Ahora:

  • hay un rival que intenta impedir la acción;

  • el tiempo disponible es limitado;

  • aparecen estímulos irrelevantes;

  • hay consecuencias diferentes;

  • la información cambia constantemente;

  • el entrenador no puede intervenir en cada decisión;

  • y las decisiones tienen consecuencias competitivas.

El contexto ha cambiado.

Y con él, también han cambiado las condiciones bajo las que la conducta debe aparecer.

Por eso, hacer bien una conducta en entrenamiento no garantiza que vaya a aparecer cuando las condiciones sean diferentes.

El contexto también forma parte del aprendizaje

Cuando hablamos de aprendizaje deportivo, es fácil pensar en términos de habilidades aisladas:

pase → tiro → golpeo → saque → decisión

Pero las conductas no ocurren en el vacío.

Se producen en determinados contextos y están relacionadas con determinadas señales, demandas y consecuencias.

Un jugador no aprende simplemente «a pasar».

Aprende a pasar:

  • ante determinadas posiciones;

  • con determinados compañeros;

  • ante determinados defensores;

  • con determinada presión temporal;

  • después de determinadas acciones;

  • con determinados objetivos;

  • y bajo determinadas consecuencias.

Por eso, si queremos que una conducta aparezca posteriormente en competición, debemos preguntarnos:

¿En qué condiciones la estamos entrenando?

La transferencia implica precisamente que aquello aprendido pueda utilizarse de manera adecuada fuera de las condiciones exactas en las que se practicó.

La literatura sobre aprendizaje motor ha estudiado durante décadas cómo diferentes formas de organizar la práctica pueden afectar al rendimiento, la retención y la transferencia.

El entrenamiento puede hacer que una conducta dependa demasiado de determinadas señales

Imaginemos un futbolista que está aprendiendo a ocupar correctamente determinados espacios.

Durante el entrenamiento, el entrenador le recuerda constantemente:

«¡Abre!»
«¡Más ancho!»
«¡Ahora!»
«¡Sube!»

El jugador responde.

El entrenador vuelve a intervenir.

El jugador vuelve a responder.

Aparentemente, el aprendizaje está funcionando.

Pero podemos plantearnos otra pregunta:

¿Qué está controlando realmente la conducta del jugador?

¿La información que proporciona el juego?

¿La posición de sus compañeros?

¿La ubicación de los rivales?

¿La situación táctica?

¿O la voz del entrenador?

Si la conducta aparece principalmente después de la instrucción del entrenador, podemos encontrarnos con una dificultad cuando esa señal desaparezca.

Porque en competición:

el entrenador no puede proporcionar continuamente las señales que estaban presentes durante el entrenamiento.

Esto conecta directamente con algo que hemos trabajado anteriormente:

si el deportista siempre recibe la respuesta desde fuera, puede tener menos oportunidades para aprender a encontrarla por sí mismo.


El entrenamiento también puede enseñar a competir mal

El entrenamiento puede ser demasiado predecible

Otra situación habitual:

El entrenador plantea siempre el mismo ejercicio.

Misma estructura.

Mismo espacio.

Mismo número de jugadores.

Misma secuencia.

Misma solución.

Mismo feedback.

El deportista mejora.

Pero también puede estar aprendiendo una forma muy específica de responder a una situación muy específica.

Después llega la competición.

Y nada permanece igual.

El rival modifica sus decisiones.

Los compañeros ocupan espacios diferentes.

El ritmo cambia.

La información relevante cambia.

La solución que funcionaba hace diez segundos deja de funcionar ahora.

La competición exige algo más que reproducir una respuesta.

Exige adaptar la conducta a las condiciones que están presentes.

Por eso, una práctica excesivamente estable puede facilitar el rendimiento durante la adquisición y, en determinadas circunstancias, ofrecer menos oportunidades para desarrollar adaptación y transferencia.

La investigación sobre interferencia contextual ha mostrado precisamente que determinadas formas de práctica que dificultan el rendimiento inmediato pueden favorecer la retención y transferencia posterior. Sin embargo, la evidencia aplicada al deporte es heterogénea y no permite afirmar que una única estructura de práctica sea superior en todas las situaciones.

Y esta precisión es importante.

No se trata de hacer los entrenamientos difíciles por sistema.

Se trata de diseñarlos en función de lo que queremos que el deportista aprenda.

Si la competición exige variabilidad, el entrenamiento debe ofrecer oportunidades para adaptarse

Imaginemos dos entrenamientos.

Entrenamiento A

El deportista sabe exactamente:

  • qué va a ocurrir;

  • dónde ocurrirá;

  • cuándo ocurrirá;

  • qué respuesta debe realizar.

Repite la conducta veinte veces.

Entrenamiento B

El deportista tiene que responder a situaciones que cambian:

  • aparece información diferente;

  • cambian los espacios;

  • cambian los rivales;

  • cambian las opciones disponibles;

  • debe seleccionar una respuesta entre varias posibilidades.

Quizá el deportista tenga peor rendimiento durante el segundo entrenamiento.

Pero eso no significa necesariamente que esté aprendiendo menos.

De hecho, determinados diseños de práctica que introducen mayor variabilidad o interferencia pueden perjudicar el rendimiento inmediato y favorecer determinados indicadores de retención o transferencia.

Aquí aparece una idea especialmente importante:

El entrenamiento no debería evaluarse únicamente por lo bien que sale el ejercicio mientras lo estamos haciendo.

También debemos preguntarnos:

¿Qué podrá hacer el deportista cuando cambien las condiciones?

El problema de entrenar siempre «sin presión»

Este fenómeno aparece con frecuencia en psicología deportiva.

Un deportista entrena determinadas habilidades en condiciones muy controladas.

Sin presión temporal.

Sin consecuencias relevantes.

Sin incertidumbre.

Sin oposición real.

Sin necesidad de tomar decisiones.

Después esperamos que utilice esas habilidades cuando:

  • el resultado importa;

  • el tiempo es limitado;

  • existe incertidumbre;

  • el rival dificulta la acción;

  • una decisión puede tener consecuencias importantes.

No significa que entrenar sin presión sea inútil.

De hecho, determinados momentos del aprendizaje pueden requerir condiciones simplificadas.

El problema aparece cuando el entrenamiento permanece siempre en esas condiciones.

Si la competición exige una conducta bajo presión, incertidumbre y oposición, necesitamos proporcionar progresivamente oportunidades para que el deportista aprenda a comportarse bajo esas condiciones.

No porque haya que «simular la competición» constantemente.

Sino porque esas variables forman parte de la situación en la que posteriormente deberá actuar.

Entrenar la técnica no es lo mismo que entrenar su utilización

Este es otro punto importante.

Un deportista puede saber ejecutar técnicamente una habilidad y, sin embargo, no utilizarla adecuadamente durante la competición.

Un tenista puede entrenar un determinado golpe cientos de veces.

Pero en competición tendrá que decidir:

cuándo utilizarlo, contra quién, desde dónde, con qué objetivo y ante qué información.

Un jugador de baloncesto puede entrenar un tiro.

Pero durante el partido deberá decidir:

si tirar, pasar, penetrar o esperar.

Un futbolista puede entrenar una acción defensiva.

Pero tendrá que identificar:

cuándo intervenir, cuándo contener y cuándo cubrir.

La conducta deportiva no consiste únicamente en ejecutar respuestas.

También implica discriminar situaciones y seleccionar respuestas funcionales ante ellas.

Por eso, entrenar una habilidad aislada y entrenar su utilización en contexto no son necesariamente lo mismo.

«Pero en los entrenamientos lo hace perfectamente»

Esta frase debería hacernos pensar.

No necesariamente significa:

«El deportista se bloquea en competición.»

Podría significar muchas otras cosas.

Quizá:

  • las señales disponibles durante el entrenamiento son diferentes;

  • el entrenador proporciona información adicional;

  • la tarea es demasiado predecible;

  • las decisiones están simplificadas;

  • el deportista dispone de más tiempo;

  • las consecuencias son diferentes;

  • la oposición es menor;

  • la conducta está excesivamente guiada;

  • o simplemente la habilidad todavía no se ha transferido suficientemente a otras condiciones.

Por supuesto, también pueden existir variables psicológicas relevantes durante la competición.

Pero antes de atribuir el problema exclusivamente al deportista, conviene analizar qué diferencias existen entre ambos contextos.

El entrenamiento también establece contingencias

Aquí podemos conectar directamente con los artículos anteriores.

En el entrenamiento, cada conducta ocurre bajo determinadas condiciones y produce determinadas consecuencias.

El deportista hace algo.

El entrenador responde.

El ejercicio continúa.

El entrenador corrige.

El jugador modifica su conducta.

El jugador se equivoca.

Recibe instrucciones.

El jugador vuelve a intentarlo.

Todo esto constituye parte del contexto de aprendizaje.

Si las contingencias del entrenamiento son muy diferentes de las de competición, podemos estar enseñando al deportista a responder de una manera que solo resulta funcional dentro del entrenamiento.

Por ejemplo:

Error → entrenador proporciona inmediatamente la solución.

Pero en competición:

Error → nadie proporciona inmediatamente la solución.

O:

Duda → entrenador indica qué hacer.

Pero en competición:

Duda → hay que decidir.

O:

Tarea difícil → entrenador reduce la dificultad.

Pero en competición:

Tarea difícil → la situación continúa.

La conducta que funciona en entrenamiento puede no ser suficiente para competir.

No necesitamos copiar la competición: necesitamos preparar para ella

Aquí conviene evitar otro extremo.

Diseñar buenos entrenamientos no significa convertir cada sesión en un partido.

El entrenamiento tiene una función diferente.

Podemos simplificar.

Podemos aislar componentes.

Podemos proporcionar feedback.

Podemos reducir temporalmente la incertidumbre.

Podemos trabajar una habilidad de forma repetitiva.

Todo eso puede ser útil.

La cuestión es qué hacemos después y cómo progresamos hacia condiciones que permitan la transferencia.

Un entrenamiento puede comenzar siendo muy estructurado.

Pero posteriormente podemos introducir:

más variabilidad → más incertidumbre → más toma de decisiones → más oposición → más presión temporal → consecuencias más similares a la competición.

No existe una progresión universal.

Dependerá del deporte, del nivel del deportista, de la habilidad, de la fase del aprendizaje y del objetivo concreto.

Pero sí existe una pregunta que debería acompañar al diseño:

¿Qué tendrá que hacer el deportista cuando esta habilidad deje de practicarse en condiciones controladas?

¿Qué estamos entrenando realmente?

Esta es probablemente la pregunta más importante.

Cuando diseñamos una tarea, solemos preguntarnos:

«¿Qué quiero trabajar?»

Pero podemos añadir otra:

«¿Qué conducta estoy haciendo más probable con las condiciones que estoy creando?»

Porque quizá pensamos que estamos entrenando:

toma de decisiones.

Pero el ejercicio realmente favorece:

seguir instrucciones.

Pensamos que estamos entrenando:

autonomía.

Pero proporcionamos:

feedback después de cada acción.

Pensamos que estamos entrenando:

adaptación.

Pero ofrecemos:

situaciones prácticamente idénticas.

Pensamos que estamos entrenando:

gestión de la presión.

Pero retiramos sistemáticamente cualquier condición que genere dificultad.

Y entonces aparece una paradoja:

El entrenamiento puede estar funcionando perfectamente… para algo diferente de lo que creemos que estamos entrenando.

Cinco preguntas para analizar un entrenamiento

Antes de diseñar o modificar una tarea, puede ser útil hacerse estas preguntas:

1. ¿Qué tendrá que hacer el deportista en competición?

No solo la habilidad técnica.

También las decisiones, la comunicación, la regulación de la conducta y la adaptación.

2. ¿Qué señales tendrá disponibles?

¿Serán las mismas que durante el entrenamiento?

¿O desaparecerán algunas?

3. ¿Cuánto control externo estamos proporcionando?

¿El entrenador indica constantemente qué hacer?

¿O existen oportunidades para que el deportista discrimine y decida?

4. ¿Qué consecuencias produce la conducta?

¿Qué ocurre después de acertar?

¿Después de equivocarse?

¿Después de pedir ayuda?

¿Después de tomar una decisión diferente?

5. ¿Puede transferirse lo aprendido?

La pregunta final no es:

«¿Lo hace bien aquí?»

Sino:

«¿Qué pasará cuando las condiciones cambien?»

El objetivo del entrenamiento no es que todo salga bien

Esta idea puede resultar incómoda.

Un buen entrenamiento no tiene por qué ser aquel en el que el deportista acierta constantemente.

Tampoco aquel en el que el ejercicio fluye perfectamente.

A veces, determinadas dificultades durante la práctica son precisamente una oportunidad para que el deportista tenga que:

  • buscar información;

  • tomar decisiones;

  • modificar su conducta;

  • detectar errores;

  • probar alternativas;

  • adaptarse a cambios.

La evidencia sobre interferencia contextual muestra precisamente que determinadas condiciones de práctica pueden producir peor rendimiento inmediato y, aun así, favorecer la retención o transferencia en algunas circunstancias. Pero, como hemos visto, estos efectos no son universales y deben interpretarse según la tarea y la población.

Por eso, no debemos perseguir la dificultad por la dificultad.

Debemos perseguir un aprendizaje que sea funcional para las demandas posteriores.

Del «hacerlo bien» al «saber utilizarlo»

Quizá esta sea la diferencia fundamental.

Un deportista puede aprender:

«Sé hacer esto.»

Pero la competición exige:

«Sé cuándo, cómo y por qué utilizarlo cuando las condiciones cambian.»

Y esas dos cosas no son exactamente iguales.

Por eso, cuando un deportista entrena muy bien pero después no consigue trasladar ese comportamiento a la competición, antes de concluir:

«En competición se bloquea.»

merece la pena analizar otra posibilidad:

¿Hemos entrenado suficientemente las condiciones bajo las que queremos que aparezca esa conducta?

Porque el aprendizaje no depende únicamente de la respuesta.

También depende del contexto en el que esa respuesta se practica.

El entrenamiento también enseña lo que no pretendíamos enseñar

Cada entrenamiento contiene más aprendizaje del que aparece en la planificación.

Si siempre damos la respuesta:

también podemos estar enseñando a esperar instrucciones.

Si siempre eliminamos la dificultad:

también podemos estar enseñando a escapar de ella.

Si siempre repetimos la misma situación:

también podemos estar enseñando a responder ante situaciones predecibles.

Si siempre corregimos inmediatamente:

también podemos estar reduciendo oportunidades para que el deportista detecte y corrija por sí mismo.

Y si nunca introducimos las condiciones relevantes de competición:

podemos estar dejando para el día de la competición un aprendizaje que debería haberse entrenado progresivamente.

La pregunta que debería hacerse todo entrenador

La próxima vez que diseñes una tarea, no te preguntes únicamente:

«¿Qué quiero trabajar hoy?»

Pregúntate también:

«Si el deportista aprende exactamente a comportarse como le estoy enseñando en esta tarea, ¿cómo se comportará cuando llegue la competición?»

Esa pregunta puede revelar muchas cosas.

Porque entrenar no consiste únicamente en conseguir que una conducta aparezca.

Consiste en crear condiciones para que esa conducta pueda aparecer cuando realmente sea necesaria.

El entrenamiento no debería preparar únicamente para hacer bien los ejercicios.

Debería preparar para comportarse eficazmente cuando los ejercicios desaparezcan.

¿Quieres analizar si tus entrenamientos están preparando realmente para competir?

No siempre es fácil detectar la diferencia entre entrenar una habilidad y crear las condiciones para que esa habilidad pueda transferirse a la competición.

Analizar cómo están diseñadas las tareas, qué conductas se favorecen, qué señales utiliza el deportista y qué consecuencias siguen a sus respuestas puede aportar información muy útil para mejorar el proceso de entrenamiento.

Si eres entrenador, deportista, familia o club y quieres analizar una situación concreta, desde la psicología deportiva podemos trabajar sobre las condiciones de aprendizaje y las demandas específicas del contexto deportivo.


Referencias bibliográficas

  • Ammar, A., Trabelsi, K., Boujelbane, M. A., Boukhris, O., Glenn, J. M., Chtourou, H., & Schöllhorn, W. I. (2023). The myth of contextual interference learning benefit in sports practice: A systematic review and meta-analysis. Educational Research Review, 39, 100537. https://doi.org/10.1016/j.edurev.2023.100537 

  • Czyż, A. M., Wójcik, A. M., & Solarská, P. (2024). The effect of contextual interference on transfer in motor learning: A systematic review and meta-analysis. Frontiers in Psychology.

  • Jiménez-Díaz, J., & Morera-Castro, M. (2018). ¿Cómo diseñar la práctica para optimizar el desempeño y aprendizaje motor? Una revisión de literatura. Sportis. Scientific Journal of School Sport, Physical Education and Psychomotricity, 4(3), 587–603. https://doi.org/10.17979/sportis.2018.4.3.3103 

  • Magill, R. A., & Hall, K. G. (1990). A review of the contextual interference effect in motor skill acquisition. Human Movement Science, 9(3–5), 241–289. https://doi.org/10.1016/0167-9457(90)90005-X 

  • Wójcik, A. M., et al. (2024). High contextual interference improves retention in motor learning: Systematic review and meta-analysis.

 
 
 

Comentarios


bottom of page