El papel del entrenador en la psicología deportiva: cómo el entorno de entrenamiento moldea la conducta del deportista
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Hay una frase que aparece con frecuencia cuando hablamos de rendimiento deportivo:
«El problema es mental».
Se utiliza cuando un jugador rinde peor en competición que en los entrenamientos, cuando un deportista comete un error en un momento decisivo o cuando alguien que tiene recursos técnicos y físicos parece no responder cuando más se necesita.
La explicación suele buscarse dentro del deportista.
«Le falta confianza».
«No sabe gestionar la presión».
«Tiene que ser más fuerte mentalmente».
«Tiene un problema de concentración».
Pero desde una perspectiva conductual, existe otra pregunta que puede resultar mucho más útil:
¿Qué historia de aprendizaje ha llevado al deportista hasta aquí?
Y, sobre todo:
¿Qué papel ha tenido su entorno de entrenamiento en esa historia?
El entrenador también forma parte de la psicología deportiva
Cuando hablamos de psicología deportiva, es habitual pensar en intervenciones dirigidas directamente al deportista: trabajar la confianza, gestionar las emociones, mejorar la concentración o aprender estrategias para afrontar la presión.
Estas intervenciones pueden ser útiles.
Pero existe otra dimensión que no deberíamos pasar por alto: el contexto en el que se desarrolla la conducta deportiva.
Desde el análisis funcional, la conducta no se entiende de manera aislada. Se analiza en relación con los antecedentes que la hacen más probable y con las consecuencias que siguen a esa conducta.
Y en un equipo deportivo, el entrenador tiene una enorme capacidad para organizar ese contexto.
Decide qué comportamientos reciben atención.
Qué errores tienen consecuencias.
Qué conductas se reconocen.
Cuándo interviene.
Cuándo deja decidir al deportista.
Qué ocurre después de una buena acción.
Qué ocurre después de una mala decisión.
Estas interacciones se repiten cientos o miles de veces durante una temporada.
Por eso, el entrenador no solo enseña técnica y táctica. También participa en la construcción de determinadas formas de comportarse ante el error, la incertidumbre, la presión, el éxito y la toma de decisiones.
No necesariamente de manera intencionada.
Simplemente porque las contingencias forman parte del aprendizaje.
El feedback del entrenador puede cambiar la conducta del deportista
Imaginemos dos entrenamientos.
En el primero, después de cada error, el entrenador interviene inmediatamente:
«¿Cómo has podido hacer eso?»
«Te lo he explicado veinte veces».
«Así no puedes jugar».
En cambio, las conductas correctas pasan prácticamente desapercibidas.
En el segundo, el entrenador también corrige los errores, pero proporciona información específica sobre lo que el deportista está haciendo correctamente:
«Has leído bien la situación».
«La decisión era buena; ahora vamos a ajustar la ejecución».
«Has corregido rápidamente después del error».
No estamos hablando simplemente de ser un entrenador «positivo».
Estamos hablando de qué consecuencias siguen a determinadas conductas y de cómo esas consecuencias pueden modificar su probabilidad futura.
La investigación sobre el comportamiento del entrenador muestra que el feedback y las conductas de instrucción pueden influir en diferentes variables relevantes para la experiencia y el rendimiento deportivo. Además, la literatura sobre feedback sugiere que su eficacia depende, entre otros factores, de su contenido, especificidad y del contexto en el que se proporciona (Hattie & Timperley, 2007; Smith et al., 1978).
Por tanto, la pregunta no debería ser únicamente:
«¿Estoy corrigiendo al deportista?»
También:
«¿Qué conducta estoy haciendo más probable con la forma en que corrijo?»
Cuando el error se convierte en algo que hay que evitar
Ahora pensemos en un jugador que recibe consecuencias especialmente intensas cada vez que se equivoca.
Con el tiempo, puede empezar a modificar su conducta para reducir la probabilidad de volver a experimentar esas consecuencias.
Puede dejar de arriesgar.
Puede pasar siempre hacia atrás.
Puede buscar constantemente la aprobación del entrenador.
Puede evitar tomar decisiones cuando existen varias alternativas.
Puede jugar de manera excesivamente conservadora.
Desde fuera, podríamos describirlo como un deportista «sin personalidad», «con poca confianza» o «con miedo a equivocarse».
Desde un análisis funcional, podemos formular una hipótesis diferente:
quizá esa conducta de evitación ha sido funcional en su historia de aprendizaje.
Si determinadas formas de actuar han reducido repetidamente consecuencias aversivas, tiene sentido que el deportista haya aprendido a utilizarlas.
Esto no significa que el entrenador sea «culpable» de la conducta.
Significa que las condiciones de aprendizaje importan.
Y si queremos modificar una conducta, conocer esas condiciones puede ser mucho más útil que limitarse a etiquetarla.
Entrenar la autonomía también es entrenar
Hay otra situación especialmente frecuente.
Un jugador tiene una duda y mira al entrenador.
El entrenador responde.
Vuelve a aparecer una duda y vuelve a mirar al entrenador.
El entrenador vuelve a responder.
Durante meses, el deportista puede aprender que ante determinados problemas la respuesta correcta consiste en buscar una instrucción externa.
En los entrenamientos esto puede funcionar perfectamente.
El problema aparece cuando llega la competición.
El entrenador no puede decidir cada pase.
No puede anticipar cada situación.
No puede proporcionar una instrucción para cada estímulo que aparece.
Por eso, la autonomía no debería entenderse únicamente como una característica de personalidad.
También puede analizarse como una conducta que se desarrolla mediante determinadas condiciones de aprendizaje.
Permitir que el deportista tome decisiones, experimente sus consecuencias y reciba feedback sobre el proceso puede favorecer que aprenda a actuar bajo condiciones en las que el entrenador no está disponible para proporcionarle una respuesta inmediata.
Esto es especialmente relevante en deportes caracterizados por situaciones cambiantes, incertidumbre y toma de decisiones rápida.
Entrenar y competir: dos contextos que no siempre enseñan lo mismo
Una de las preguntas más interesantes desde la psicología deportiva es:
¿Qué diferencia existe entre las contingencias del entrenamiento y las de la competición?
En un entrenamiento, el deportista puede equivocarse y repetir inmediatamente.
En competición, ese mismo error puede modificar el marcador.
En entrenamiento, el entrenador puede detener la tarea.
En competición, la acción continúa.
En entrenamiento, puede recibir instrucciones constantemente.
En competición, debe tomar decisiones de forma autónoma.
En entrenamiento, quizá el resultado tenga poca importancia.
En competición, ganar o perder tiene consecuencias mucho más relevantes.
Por tanto, no resulta extraño que la conducta cambie cuando cambia el contexto.
El problema aparece cuando pretendemos que un deportista se comporte en competición de una determinada manera sin haber tenido suficientes oportunidades para aprender esa conducta bajo condiciones funcionalmente similares.
No siempre necesitamos entrenar más. A veces necesitamos analizar qué estamos entrenando realmente.
¿Estamos entrenando el rendimiento o también estamos entrenando la respuesta al error?
Esta pregunta puede ser especialmente relevante.
Un entrenamiento puede estar diseñado para mejorar un gesto técnico concreto, pero simultáneamente estar enseñando otra cosa.
Puede estar enseñando que:
equivocarse es peligroso;
pedir ayuda es necesario antes de actuar;
tomar decisiones propias tiene consecuencias negativas;
el entrenador siempre tiene que aprobar la conducta;
el resultado importa más que el proceso;
después de un error hay que detenerse;
asumir riesgos solo es aceptable cuando existe una alta probabilidad de éxito.
Nada de esto tiene por qué aparecer escrito en la planificación.
Se aprende a través de las interacciones que se producen durante el entrenamiento.
Por eso, cuando hablamos de psicología deportiva, no deberíamos mirar exclusivamente al deportista.
También deberíamos observar el contexto.

El entrenador no necesita convertirse en psicólogo
Esto es importante.
Analizar el papel del entrenador en el aprendizaje de determinadas conductas no significa convertir al entrenador en psicólogo deportivo.
Su función sigue siendo entrenar.
Pero conocer algunos principios básicos del aprendizaje puede ayudarle a comprender mejor por qué determinadas conductas aparecen, desaparecen o se mantienen.
Y también puede ayudarle a formular preguntas diferentes.
En lugar de:
«¿Por qué este jugador no tiene confianza?»
podemos preguntar:
«¿En qué situaciones deja de actuar con seguridad?»
En lugar de:
«¿Por qué tiene miedo a equivocarse?»
podemos preguntar:
«¿Qué ocurre habitualmente después de que se equivoca?»
En lugar de:
«¿Por qué siempre necesita que le diga qué hacer?»
podemos preguntar:
«¿Qué ha aprendido a hacer cuando aparece una situación en la que no sabe qué decisión tomar?»
Estas preguntas no son simplemente una cuestión de lenguaje.
Cambian el lugar en el que buscamos las variables relevantes para explicar la conducta.
La psicología deportiva no ocurre únicamente dentro del deportista
La conducta deportiva es el resultado de una historia de aprendizaje en interacción con diferentes contextos.
El entrenador forma parte de esa historia.
Los compañeros también.
La familia.
La competición.
Las reglas.
El público.
Los resultados.
Y las consecuencias que siguen a las diferentes formas de comportarse.
Por eso, cuando un deportista no responde como esperamos, quizá la primera pregunta no debería ser:
«¿Qué le pasa por dentro?»
Podría ser:
«¿Qué ha aprendido a hacer en estas condiciones?»
Y después:
«¿Qué podemos cambiar en el entorno para facilitar que aprenda otra forma de responder?»
El entrenador no solo enseña a ejecutar.
También organiza las condiciones bajo las cuales el deportista aprende a actuar.
Y eso convierte al entrenamiento en algo mucho más importante que un espacio para mejorar la técnica y la táctica.
Cada entrenamiento también es una oportunidad de aprendizaje conductual.
Referencias bibliográficas
Hattie, J., & Timperley, H. (2007). The power of feedback. Review of Educational Research, 77(1), 81–112. https://doi.org/10.3102/003465430298487
Smith, R. E., Smoll, F. L., & Curtis, B. (1978). Coach effectiveness training: A cognitive-behavioral approach to enhancing relationship skills in youth sport coaches. Journal of Sport Psychology, 1(1), 59–75.
Smoll, F. L., Smith, R. E., Barnett, N. P., & Everett, J. J. (1993). Enhancement of children's self-esteem through social support training for youth sport coaches. Journal of Applied Psychology, 78(4), 602–610. https://doi.org/10.1037/0021-9010.78.4.602
Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior. Macmillan.
Vallerand, R. J., & Losier, G. F. (1999). An integrative analysis of intrinsic and extrinsic motivation in sport. Journal of Applied Sport Psychology, 11(1), 142–169. https://doi.org/10.1080/10413209908402956
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