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El deportista que juega a no fallar: cómo el miedo al error puede frenar el aprendizaje

hace 1 día
9 min de lectura

¿Por qué algunos deportistas dejan de arriesgar, aunque tengan la capacidad para hacerlo? Desde la psicología de la conducta podemos entender cómo determinadas consecuencias, la historia de aprendizaje y la evitación pueden influir en las decisiones que se toman durante la competición.

Cuando el objetivo deja de ser mejorar

Un futbolista recibe el balón entre líneas. Tiene espacio para girarse, avanzar y buscar un pase que podría dejar a un compañero en una situación favorable. También existe la posibilidad de perder el balón.

Durante los primeros partidos de la temporada, intenta esa jugada. Algunas veces sale bien; otras, no.

Después de varias pérdidas, empieza a jugar de otra manera. Cuando recibe el balón, busca rápidamente un pase seguro hacia atrás. Evita conducir, deja de intentar ciertos movimientos y reduce las situaciones en las que podría cometer un error visible.

Desde fuera, alguien podría decir que ha perdido confianza, que tiene miedo o que necesita ser más valiente.

Pero hay otra pregunta que merece la pena plantearse: ¿y si el futbolista no ha perdido la capacidad de arriesgar, sino que ha aprendido a evitar determinadas consecuencias?

Esta posibilidad cambia la forma de entender el problema.

Ya no nos limitamos a preguntarnos qué le pasa al deportista. Empezamos a analizar qué hace, en qué situaciones lo hace, qué ocurre antes y después de su conducta y cómo esas consecuencias pueden estar influyendo en lo que hará en el futuro.

Esta es una de las aportaciones del análisis de la conducta a la psicología deportiva: estudiar el comportamiento en relación con las condiciones en las que aparece y con su historia de aprendizaje.

1. El miedo al error no aparece en el vacío

En el deporte, fallar puede tener consecuencias muy diferentes.

Un jugador puede perder la titularidad, recibir una reprimenda, escuchar comentarios de sus compañeros o sentir que ha decepcionado a alguien importante. En otras situaciones, las consecuencias pueden ser menos visibles: no alcanzar una expectativa personal, experimentar una sensación desagradable o interpretar el resultado como una señal de que no está al nivel que debería.

La investigación sobre el miedo al fracaso en deportistas ha identificado distintas consecuencias que estos pueden percibir como aversivas, entre ellas el coste emocional del fracaso y la percepción de uno mismo. Una revisión de Taylor, Eklund y Arthur (2021) también examinó los antecedentes y resultados del miedo al fracaso en el deporte, el ejercicio y la actividad física.

Por tanto, no basta con observar que un deportista evita una acción. También debemos comprender qué consecuencias anticipa, qué ha aprendido de experiencias anteriores y qué condiciones actuales pueden estar influyendo en su comportamiento.

Imaginemos a dos tenistas que cometen una doble falta en un momento importante del partido.

Ambos pueden experimentar malestar. Sin embargo, uno vuelve a ejecutar su servicio habitual, mientras que el otro modifica su lanzamiento, reduce la velocidad y termina renunciando a su segundo servicio más agresivo.

El resultado visible es distinto, pero no podemos concluir automáticamente que uno tiene más confianza que el otro. Para entender esas diferencias necesitamos examinar sus historias de aprendizaje, las condiciones de la competición y las consecuencias que han seguido a sus decisiones.

La misma situación no tiene necesariamente la misma función para todos los deportistas.

2. La evitación puede mantenerse porque funciona a corto plazo

Aquí encontramos uno de los procesos más importantes para comprender por qué algunos deportistas dejan de intentar determinadas acciones.

Volvamos al futbolista del principio.

En una jugada, decide no intentar el pase arriesgado y juega hacia atrás. No pierde el balón, evita una posible reprimenda y continúa participando en el partido sin exponerse a esa situación concreta.

Es posible que, al actuar así, disminuya momentáneamente su malestar.

Si evitar la jugada contribuye a reducir una experiencia desagradable, esa reducción puede aumentar la probabilidad de que vuelva a evitarla en circunstancias similares. Cuando una conducta aumenta porque permite retirar o reducir una condición aversiva, hablamos de reforzamiento negativo.

El término puede resultar confuso: negativo no significa malo. Se refiere a la retirada o reducción de una condición, mientras que reforzamiento indica que aumenta la probabilidad futura de una conducta.

Esto permite entender una secuencia como la siguiente:

  1. El deportista se encuentra ante una situación en la que podría equivocarse.

  2. Anticipa consecuencias que considera desagradables.

  3. Evita la acción o selecciona una alternativa más segura.

  4. Experimenta una reducción inmediata del malestar o evita alguna consecuencia aversiva.

  5. En situaciones similares, puede aumentar la probabilidad de volver a evitar.

No significa que esta secuencia explique todos los casos de miedo al error. La evitación también puede estar relacionada con las expectativas sobre el resultado, las instrucciones recibidas, las exigencias tácticas o las consecuencias objetivas de una decisión. La función debe evaluarse en cada caso.

Sin embargo, cuando el alivio inmediato contribuye a mantener la evitación, aparece una dificultad importante: la conducta puede resultar eficaz a corto plazo y limitar el aprendizaje a largo plazo.

El futbolista consigue evitar una pérdida en esa jugada. Pero, si renuncia sistemáticamente a situaciones que necesita aprender a resolver, puede reducir sus oportunidades de practicar la conducción, la toma de decisiones bajo presión o el pase entre líneas.

El problema no es que haya elegido jugar hacia atrás una vez. Esa decisión puede ser perfectamente adecuada. El problema aparece si la evitación se convierte en un patrón rígido que desplaza otras conductas necesarias para su desarrollo deportivo.


miedo al error en el deporte

3. Cuando el deportista aprende a protegerse del error

La conducta no se desarrolla de manera aislada. Se aprende en contextos concretos y a través de las consecuencias que siguen a nuestras acciones.

Pensemos en un jugador joven que intenta un regate durante un entrenamiento. Pierde el balón y el entrenador lo reprende delante de sus compañeros. En otra ocasión, vuelve a intentarlo y es sustituido poco después. Más adelante, cada vez que recibe en una situación parecida, escucha indicaciones para jugar de forma sencilla.

Ninguna de estas experiencias permite afirmar por sí sola que el jugador aprenderá a evitar el regate. Pero, si determinadas consecuencias se repiten y la conducta conservadora resulta eficaz para reducirlas, podría desarrollarse una tendencia a evitar esas situaciones.

También pueden intervenir las reglas verbales. Por ejemplo:

  • «Si pierdo el balón, el entrenador me sentará».

  • «En los partidos importantes no puedo equivocarme».

  • «Si fallo ahora, demostraré que no estoy preparado».

Estas verbalizaciones pueden influir en la conducta, incluso cuando la consecuencia anticipada no está ocurriendo en ese momento. Su influencia dependerá, entre otros factores, de la historia de aprendizaje del deportista y del contexto en el que se presentan.

Así, el jugador puede empezar a seleccionar sus acciones no solo en función de las posibilidades tácticas, sino también de las consecuencias que espera evitar.

Este proceso no siempre es consciente ni implica una decisión deliberada de protegerse. Tampoco significa que todas las instrucciones del entrenador sean perjudiciales. La cuestión es qué efecto tienen esas condiciones sobre la conducta del deportista y si favorecen o dificultan los objetivos de aprendizaje.

En este sentido, una pregunta relevante para entrenadores y psicólogos deportivos sería: ¿qué conductas estamos favoreciendo cuando un deportista se equivoca?

No basta con decir que queremos jugadores valientes. Debemos observar qué ocurre realmente cuando intentan algo que todavía no dominan.

4. No todo error es aprendizaje, ni todo riesgo es útil

Hablar de miedo al error no significa defender que el deportista deba arriesgar continuamente o que cualquier equivocación sea positiva.

En competición existen decisiones con probabilidades de éxito diferentes, costes reales y objetivos tácticos que deben respetarse. Un pase conservador puede ser la mejor opción en una situación concreta. Evitar una acción peligrosa también puede ser una conducta adaptativa.

El objetivo no es eliminar la prudencia, sino distinguir entre una decisión ajustada a las demandas de la situación y un patrón de evitación que restringe innecesariamente las opciones del deportista.

Tampoco se aprende automáticamente por cometer errores. Para que una experiencia contribuya al aprendizaje, importan las condiciones de práctica, la información disponible, las oportunidades de repetir la conducta y las consecuencias que permiten ajustar la ejecución.

Un tenista que practica un segundo servicio con más velocidad puede cometer errores durante el entrenamiento. Si las condiciones de práctica permiten analizar y ajustar la ejecución, esos intentos pueden contribuir a desarrollar una habilidad que después necesite en competición.

En cambio, pedirle que arriesgue sin modificar las condiciones que mantienen su evitación puede no ser suficiente.

Decirle «confía en ti», «no tengas miedo» o «tienes que ser más valiente» no garantiza que cambie su comportamiento. Son mensajes que pueden tener utilidad en determinadas circunstancias, pero no sustituyen el análisis de las condiciones que influyen en la conducta.

La intervención debe ajustarse al problema real: qué habilidad necesita desarrollar, qué situaciones evita, qué consecuencias siguen a sus decisiones y qué alternativas conviene entrenar.

5. ¿Cómo podemos intervenir desde la psicología deportiva conductual?

Si un deportista ha aprendido a evitar determinadas acciones, el trabajo no debería limitarse a pedirle que deje de tener miedo. Necesitamos comprender el patrón y organizar condiciones que favorezcan conductas más útiles para su desarrollo.

Analizar qué ocurre antes y después de la conducta

El primer paso es identificar situaciones concretas.

¿Qué hace el deportista cuando percibe que puede equivocarse? ¿Deja de pedir el balón? ¿Reduce la velocidad de ejecución? ¿Renuncia a una jugada que normalmente intenta? ¿Busca confirmación constante del entrenador?

Después, conviene analizar qué ocurre antes y después de esas conductas. También debemos examinar qué consecuencias anticipa el deportista, qué experiencias previas pueden ser relevantes y qué alternativas tiene disponibles.

No se trata de asumir de antemano que existe miedo al fracaso, sino de formular hipótesis funcionales y contrastarlas con la información recogida.

Crear oportunidades de práctica ajustadas

Si un jugador evita una acción técnica, podemos diseñar tareas en las que tenga oportunidades repetidas de practicarla, con un nivel de dificultad adecuado y criterios claros de ejecución.

La progresión debe depender de las necesidades del deportista y de las demandas reales de su deporte. No tiene sentido exponerlo indiscriminadamente a situaciones de máxima dificultad ni convertir cada error en una prueba de valentía.

El objetivo es desarrollar las habilidades necesarias y ampliar el repertorio de respuestas disponibles ante diferentes situaciones.

Revisar las consecuencias del entorno

El entrenador también forma parte de las condiciones de aprendizaje.

Si cada error recibe una reprimenda desproporcionada, pero las decisiones conservadoras nunca generan consecuencias similares, es razonable examinar si esa distribución de consecuencias está favoreciendo un estilo de juego excesivamente conservador.

Esto no implica eliminar la corrección ni renunciar a la exigencia. Significa diferenciar entre un error propio del proceso de aprendizaje, una decisión táctica inadecuada y una ejecución deficiente, y responder de manera coherente con el objetivo de entrenamiento.

También conviene proporcionar oportunidades para que el deportista experimente las consecuencias de sus decisiones, reciba información útil y aprenda a ajustar su conducta.

Evaluar el cambio por lo que hace, no solo por lo que dice

Un deportista puede afirmar que tiene más confianza y continuar evitando las mismas situaciones. También puede seguir experimentando nervios y, aun así, ejecutar las acciones relevantes para su rendimiento.

Por eso, además de preguntar cómo se siente, conviene observar indicadores conductuales: frecuencia con la que intenta determinadas acciones, variedad de decisiones, respuesta después de cometer errores y capacidad para mantener conductas funcionales en distintas condiciones.

La experiencia emocional sigue siendo importante, pero no debe ser el único criterio para valorar el progreso.

La finalidad es que el deportista disponga de un repertorio de conductas más amplio y flexible, adaptado a las exigencias de su deporte.

6. La pregunta que deberíamos hacernos cuando un deportista deja de arriesgar

Cuando un deportista comienza a evitar acciones que antes intentaba, es fácil atribuirlo a una pérdida de confianza, falta de motivación o debilidad mental.

Sin embargo, esas etiquetas describen el problema de manera insuficiente si no explican qué está ocurriendo.

Desde una perspectiva conductual, debemos estudiar las relaciones entre la conducta y las condiciones en las que aparece. Esto incluye la historia de aprendizaje, las consecuencias, las instrucciones recibidas, las expectativas y las exigencias reales de la situación deportiva.

En ocasiones, la solución requerirá mejorar una habilidad técnica. En otras, modificar las condiciones de entrenamiento, revisar la forma de corregir los errores, desarrollar alternativas conductuales o intervenir sobre las reglas que están influyendo en las decisiones del deportista.

No existe una única explicación válida para todos los casos.

Lo que sí podemos hacer es dejar de interpretar automáticamente la evitación como falta de carácter y empezar a analizar qué función cumple y qué condiciones podrían favorecer un cambio.

El objetivo no es que el deportista nunca tenga miedo a equivocarse. Es que pueda aprender a actuar de manera eficaz incluso cuando equivocarse forma parte de la situación.

Porque, en ocasiones, el deportista no necesita que le pidamos más valentía. Necesita que comprendamos qué ha aprendido a evitar y que diseñemos condiciones para que pueda aprender a hacer algo diferente.

Referencias científicas

  1. Taylor, S., Eklund, R. y Arthur, C. (2023). Fear of failure in sport, exercise, and physical activity: A scoping review. International Review of Sport and Exercise Psychology, 16(1), 500–528. https://doi.org/10.1080/1750984X.2021.1901299

  2. Sagar, S. S., Lavallee, D. y Spray, C. M. (2007). Why young elite athletes fear failure: Consequences of failure. Journal of Sports Sciences, 25(11), 1171–1184. https://doi.org/10.1080/02640410601040093

  3. Krypotos, A.-M., Effting, M., Kindt, M. y Beckers, T. (2015). Avoidance learning: A review of theoretical models and recent developments. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 9, 189. https://doi.org/10.3389/fnbeh.2015.00189

 
 
 

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