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¿Por qué repetimos errores que sabemos que debemos evitar? Una explicación desde la psicología conductual

hace 13 horas
7 min de lectura

Hay deportistas que saben que deben mantener la calma después de cometer un error, pero continúan protestando ante el árbitro. Otros reconocen que necesitan respetar su rutina antes de ejecutar un golpe, pero la abandonan cuando aumenta la presión competitiva. También encontramos jugadores que identifican decisiones que perjudican al equipo y, aun así, vuelven a tomarlas en situaciones similares.

¿Por qué ocurre esto?

Una explicación habitual consiste en atribuir estas conductas a la falta de concentración, de autocontrol o de compromiso. Sin embargo, estas etiquetas no siempre permiten explicar por qué aparece una conducta, qué función cumple ni qué variables contribuyen a que se mantenga.

Desde la psicología conductual, podemos abordar esta cuestión de otra manera: en lugar de preguntarnos únicamente por qué un deportista repite un error, podemos analizar qué ocurre antes y después de esa conducta y qué consecuencias contribuyen a mantenerla.

Saber qué debemos hacer no garantiza que lo hagamos

Conocer una instrucción no significa que vayamos a comportarnos siempre de acuerdo con ella. Un deportista puede saber que necesita continuar participando activamente después de un fallo y, sin embargo, dejar de ofrecerse para recibir el balón en la siguiente jugada.

Existe una diferencia entre conocer una regla y comportarse de acuerdo con ella en unas condiciones determinadas.

Las reglas verbales pueden orientar nuestra conducta, pero su influencia depende, entre otras variables, de la historia de aprendizaje, del contexto presente y de las consecuencias que han seguido a nuestras acciones anteriores.

Por ejemplo, un tenista puede saber que debe respetar su rutina pregolpeo antes de cada servicio. Durante los entrenamientos la realiza de forma consistente, pero en competición comienza a acortarla cuando encadena varios errores.

No basta con recordarle que debe seguir la rutina. Necesitamos analizar qué cambia en esas situaciones, qué hace exactamente el jugador y qué consecuencias siguen a esa modificación.

El problema no tiene por qué estar en el desconocimiento de la conducta adecuada. Puede encontrarse en las condiciones que favorecen una conducta diferente.

Las consecuencias inmediatas pueden mantener conductas perjudiciales

Uno de los principios fundamentales del análisis de conducta es que las consecuencias pueden modificar la probabilidad de que una conducta vuelva a producirse en condiciones similares.

Esto es especialmente relevante cuando una conducta tiene consecuencias inmediatas que resultan funcionales para el deportista, aunque posteriormente perjudique su rendimiento.

Pensemos en un jugador de baloncesto que, después de cometer una pérdida de balón, recibe una corrección del entrenador. El jugador responde protestando, discute la decisión y dirige su atención hacia el árbitro.

Si esta respuesta le permite apartarse momentáneamente de la situación de juego, reducir el contacto con una experiencia desagradable o posponer la siguiente acción, esas consecuencias podrían contribuir a mantener la conducta.

En este caso, protestar podría estar funcionando como una forma de escape o evitación.

Si, además, obtiene la atención de sus compañeros o consigue que otras personas respalden su interpretación de lo ocurrido, también podrían intervenir otras consecuencias.

Esto no significa que protestar cumpla siempre esa función ni que podamos deducirla únicamente observando la conducta. Necesitamos analizar cada caso y comprobar qué relaciones se producen de manera consistente.

La cuestión fundamental es que una conducta puede mantenerse por las consecuencias que produce a corto plazo, incluso cuando sus efectos posteriores son perjudiciales.



¿Por qué repetimos errores en el deporte? Psicología conductual



El alivio inmediato también puede reforzar una conducta

Para comprender este fenómeno, es importante diferenciar entre el resultado deportivo de una conducta y su función.

En psicología conductual, hablamos de reforzamiento cuando una consecuencia aumenta la probabilidad futura de una conducta. No basta con que algo ocurra después de una acción: es necesario que contribuya a fortalecerla.

Uno de los procesos relevantes en este contexto es el reforzamiento negativo. Se produce cuando una conducta aumenta porque permite eliminar, reducir, posponer o evitar una estimulación aversiva.

Veamos un ejemplo.

Un jugador de fútbol falla un pase y, en la siguiente jugada, evita volver a solicitar el balón. Si dejar de pedirlo reduce temporalmente la posibilidad de cometer otro error, recibir críticas o exponerse a una situación incómoda, esa evitación puede fortalecerse.

A corto plazo, el jugador consigue cierta reducción de esas situaciones. Sin embargo, a largo plazo, puede disminuir su participación, limitar sus oportunidades de aprendizaje y dificultar que vuelva a intervenir con normalidad.

El alivio inmediato no garantiza que la conducta sea beneficiosa para el rendimiento futuro.

Este mismo proceso puede aparecer en otros contextos deportivos: abandonar una rutina exigente, evitar una acción decisiva, dejar de competir por una posición o reducir la participación después de una equivocación.

En todos estos casos, la conducta debe analizarse en relación con sus antecedentes y consecuencias. No podemos asumir que toda evitación se mantiene por reforzamiento negativo ni que todas las conductas que perjudican al rendimiento cumplen una misma función.

No todo depende de las consecuencias: también importa el contexto

Si queremos comprender por qué un deportista repite una conducta, no podemos analizar únicamente lo que ocurre después. También debemos estudiar las condiciones en las que aparece.

Una conducta que resulta poco frecuente durante el entrenamiento puede aumentar en competición porque cambian distintas variables: las instrucciones recibidas, la presencia de determinados estímulos, la conducta de los compañeros, las decisiones del entrenador o las consecuencias asociadas a los errores.

Por ejemplo, un golfista puede ejecutar correctamente su rutina antes de cada golpe durante una sesión de entrenamiento. Sin embargo, cuando compite por un resultado importante, empieza a modificarla después de un golpe desfavorable.

La competición no tiene por qué producir automáticamente esa modificación. Es necesario estudiar qué condiciones adquieren relevancia para ese deportista y qué relaciones de aprendizaje pueden estar interviniendo.

Quizá determinadas situaciones competitivas se hayan asociado repetidamente con consecuencias desagradables. Quizá el jugador haya aprendido a responder de manera diferente cuando percibe que un golpe puede tener una repercusión importante en el resultado.

También pueden influir las reglas que se formula, las instrucciones que recibe o las conductas que ha aprendido a realizar en situaciones similares.

Por tanto, no se trata de buscar una única causa interna que explique el comportamiento. Se trata de identificar las variables que, en una situación concreta, están relacionadas con la conducta que queremos comprender.

¿Cómo podemos intervenir para cambiar estas conductas?

Si una conducta se mantiene por las relaciones que establece con el contexto y sus consecuencias, una intervención no debería limitarse a pedir al deportista que deje de hacerla.

Decirle que no proteste, que no evite el balón o que respete su rutina puede ser insuficiente si no modificamos las condiciones que favorecen la conducta y no desarrollamos alternativas funcionales.

Desde una perspectiva conductual, podemos trabajar en varios niveles.

1. Definir con precisión la conducta que queremos modificar.

En lugar de utilizar expresiones generales como «pierde la concentración» o «no controla sus emociones», conviene identificar qué hace exactamente el deportista.

Por ejemplo: después de cometer un error, deja de ofrecer líneas de pase durante las dos jugadas siguientes; interrumpe su rutina antes del servicio; o abandona su posición para protestar una decisión arbitral.

Una definición concreta facilita la observación, el registro y la evaluación de los cambios.

2. Identificar los antecedentes y las consecuencias.

Debemos estudiar qué ocurre antes de la conducta, en qué condiciones aparece y qué sucede inmediatamente después.

Podemos registrar el tipo de situación, la conducta del deportista, las respuestas del entrenador y de los compañeros y las consecuencias que siguen a la acción.

Este análisis permite formular hipótesis sobre las variables que pueden estar manteniendo el comportamiento, en lugar de atribuirlo directamente a una característica personal.

3. Enseñar y reforzar conductas alternativas.

No basta con reducir una conducta problemática. También necesitamos desarrollar respuestas que permitan al deportista continuar participando de forma eficaz.

Por ejemplo, después de una pérdida de balón, podemos entrenar una secuencia observable: recuperar la posición defensiva, identificar la siguiente tarea y volver a participar en la jugada.

En el golf, podemos trabajar la ejecución de una rutina pregolpeo definida, practicándola en diferentes condiciones y reforzando su realización consistente, no únicamente el resultado final del golpe.

La conducta alternativa debe entrenarse y evaluarse en relación con las exigencias reales de la actividad deportiva.

4. Practicar en las condiciones en las que queremos que aparezca.

Una conducta que se realiza correctamente en un contexto no necesariamente se generaliza a otros.

Por ello, conviene introducir progresivamente condiciones relevantes de competición durante los entrenamientos: errores previos, marcadores desfavorables, observación de otras personas, decisiones arbitrales o situaciones de responsabilidad.

El objetivo es favorecer que las conductas entrenadas aparezcan también cuando cambian las condiciones del contexto.

5. Evaluar los resultados.

La intervención debe comprobarse mediante indicadores observables. Podemos registrar la frecuencia de las protestas, el porcentaje de rutinas completadas, el tiempo necesario para reincorporarse a la tarea o la participación posterior a un error.

Así podemos determinar si se producen cambios, en qué condiciones aparecen y si se mantienen a lo largo del tiempo.

Comprender la conducta antes de intentar cambiarla

Repetir una conducta que perjudica al rendimiento no implica necesariamente que el deportista desconozca qué debería hacer, que no quiera mejorar o que carezca de compromiso.

Puede existir una discrepancia entre las consecuencias inmediatas que obtiene con su comportamiento y los resultados que persigue a largo plazo. También pueden intervenir antecedentes, reglas verbales, historias de aprendizaje y condiciones específicas de competición.

Esto no significa que el deportista no sea responsable de sus acciones. Significa que, para favorecer un cambio consistente, necesitamos comprender qué variables influyen en ellas y diseñar condiciones que faciliten la aparición de respuestas más eficaces.

En psicología deportiva, comprender por qué una conducta se mantiene es un paso fundamental para poder intervenir sobre ella.

Por eso, ante un error que se repite, quizá la pregunta más útil no sea únicamente «¿por qué vuelve a hacerlo?», sino también: «¿qué ocurre antes, durante y después de esa conducta, y qué podemos modificar para que otra respuesta tenga más probabilidades de aparecer?».


Bibliografía


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